Vivimos rodeados de segmentos sociales que pecan de hipócritas y de insensibles. La marginalidad y miseria atormentadora siempre ha envuelto a los principales barrios populares, en especial, los que bordean los ríos Ozama e Isabela.
La apertura del teleférico ha permitido exhibir la falta de sensibilidad de una parte considerable de los dominicanos, en especial de los sectores que todos los días luchan por conseguir los titulares de los periódicos. Desde las casetas, en momentos en que se encuentran transitando a gran altura, se ve el abandono de más de una docena de barrios.
Esa miseria es ancestral. Décadas de abandono, sin agua, sin luz eléctrica, ahogados por la basura, teniendo que salir en hombros de vecinos cuando alguien se enferma. Los niños recién nacidos siendo víctimas de los ratones. Hombres sin trabajo, y mujeres que al salir el sol van camino de las casas de familia donde trabajan.
Niñas que antes de los quince años están preñadas. En ocasiones por caricias de un ilusionista que vende promesas y luego desaparece. Detritus donde se forman las bandas callejeras, y cuya principal escuela es preparar a golpe de bolas e insensatez a los que van a morir defendiendo un punto de drogas, o ir a la cárcel por un atraco.
El asombro por lo que se palpa de las alturas, constituye una vergüenza para esta sociedad. Es como decir que nadie se daba cuenta de que existía la marginalidad dividiendo con el río Ozama o el Isabela a la vieja capital dominicana, en Distrito Nacional y la parte oriental. Hay que montarse en el Teleférico para ver el color del hambre. Es el perfume que se evapora por el aire de una sociedad encumbrada en vaguedades.
El segmento de población que es indiferente a la suerte de su vecino, y en las desdichas de las mayorías debe reflexionar. Fuera de las grandes plazas comerciales, lejos de rondar el área de los parqueos de carros de lujo, más allá de los restaurantes de menú exclusivos europeos, palpita otro hálito social, donde la esperanza se va perdiendo.
Las estadísticas de los organismos internacionales hablan de crecimiento sostenido, de progreso de la sociedad dominicana, de torres que se construyen y de automotores que llegan acabados de salir de fábrica. Pero hay otra cara, fea, espantosa, sin alegrías, sin muletas para apoyarse. Hacia ella debemos mirar. El asombro nos huele a farsa y falsa. Es el palpitar de una conciencia que se va ensuciando con el hollín de los nuevos tiempos. ¡Ay!, se me acabó la tinta.


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