Solidaridad de RD con Chile en 1939

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EL AUTOR es presidente de la Organización Latino-Americana de Asistencia Social (OLAS).

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Hay frases que sobreviven al tiempo y a las cruentas tiranías, porque se tejen con el hilo invisible de la solidaridad. En el ideario sentimental de la República Dominicana, la expresión «un chele para Chile» es un susurro que desafió el olvido y quedó flotando en el cálido viento caribeño como un monumento al total desprendimiento.

Para rastrear el origen de este puente fraternal, la memoria debe viajar hasta la noche del 24 de enero de 1939. En esa fecha, de la que han trascurrido 87 años, la tierra rugió con una violencia inusitada en el sur chileno, desatando un terremoto de magnitud 7.8 que redujo a polvo y escombros la región de Chillán.

Cerca de 30,000 almas quedaron sepultadas bajo el peso muerto del adobe y el desamparo. Aquel cataclismo, registrado como la mayor tragedia humana en la historia de la nación austral, fracturó la cordillera pero unió en un solo lamento a todo el continente.

Arriba, al otro lado del mapa, en una media isla marcada por doradas primacías, donde habita el magnánimo pueblo quisqueyano, se escuchó el eco del dolor del hermano pueblo sudamericano. De esa conmoción nació una campaña de auxilio que apelaba no a los grandes capitales, sino a la dignidad del centavo: el denominado «chele». Sin embargo, esta corriente de bondad pronto se vio atrapada en los oscuros laberintos del poder.

El régimen tirano, cercado por el repudio internacional tras los conflictos fronterizos en 1937, vio en la tragedia chilena una oportuna vitrina diplomática; una cortina de humo para intentar disipar ese maculado episodio fronterizo bajo las banderas de la benevolencia estatal. Mientras el palacio diseñaba su propaganda de una ficticia solidaridad, la gente común desbordó la fría burocracia y se lanzó a las calles con alcancías en mano, revistiendo la colecta de una profunda dimensión espiritual.

A semejanza de aquella mujer que depositó sus dos únicas blancas, el dominicano de la época ofreció el chele, su moneda mínima. La exégesis de este gesto nos enseña que el valor del altruismo jamás se mide por el volumen del tesoro acumulado, sino por la hondura del sacrificio de quien se desprende de lo suyo. El chele dominicano adquirió en esas jornadas una estatura moral insuperable porque no brotó del superávit del Estado, sino del corazón conmovido de su gente.

Al final de los días, el tiempo puso a cada actor en su justo lugar. La historia olvidó el decreto oficial de Trujillo, pero canonizó la pureza del donante anónimo. Hoy, «Un chele para Chile» ya no pertenece a la contabilidad de una tiranía muerta, sino al inventario del alma nacional.

Sobrevive como un refrán de reciprocidad inmarcesible y nos recuerda, desde su humilde trinchera caribeña, que cuando la tierra se agrieta en los recónditos confines del sur, la nobleza de una sociedad siempre encuentra un puente para salvar las distancias, no importa que sea donde termina la tierra.

jpm-am

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