Quizás porque su madre quería ser enfermera y no pudo, desde que cursaba cuarto de primaria sabía que estudiaría medicina.
Salió embarazada en el tercer año de la carrera, con mucho pesar tuve que dejar la universidad. Luego un viacrucis de calamidades, en fin, lo que le pasa a las mujeres.
Consiguió trabajo como recepcionista en un hotel del Este. Viajaba todos los días de la ciudad al hotel. Mientras iba en la voladora mirando el mar, el inconsciente despertaba. En las profundidades del horizonte, donde se une el cielo con el mar, se visualizaba con la bata blanca, escuchaba las preguntas de los médicos y las dolencias de los pacientes. Tenía la sonrisa del orgullo del saber.
Un frenazo fue suficiente para traerla a la realidad, había llegado. Reconocía que la felicidad pertenece a los sueños y no hay tiempo para ello.
Luego conoció a Juan y se enamoro. Ya embarazada visitaba el hospital, ahora como paciente. Ir al chequeo prenatal le gustaba más que ir de compras.
Al llegar a la emergencia con los dolores de parto, que ya había vivido y estudiado de forma exhaustiva, el médico dijo que tenia tres centímetros.
No preguntaba, no quería que se enojaran y le terminarán haciendo una cesárea. Había rotado por los hospitales y sabía que si preguntas, los médicos se sienten cuestionados y lo pagas caro.
Llegó un momento en que no pude más, otro médico dijo que no iba a poder parir. “Doctor yo sí puedo parir mi hijo, hace tres años parí una de siete libras, sé que puedo parir, la sonografia dice que mi bebé está en buena posición”.
Con aire arrogante, respondió: “Pues vamos a ver si es verdad que puedes parir, ese producto está muy grande, ¡doctorcita!”
Después de meterle los dedos todos los que pasaban por la sala, creo que con excepción del camillero, afirmó: “Tu niño tiene problemas, hay que hacerte una cesárea. Con el dolor de su alma respondió: “haga lo que sea necesario, que no le pase nada a mi hijo, por favor”, mientras repetía hacia sus adentros el salmo 23 de forma reiterativa.
Al sacar el bebé y escuchar el llanto enérgico de su hijo, afirmaba: “Gracias Padre, Gracias Padre, Gracias Maestro Jesucristo”. Nunca dudo de su fe. La fe es la esperanza en lo que no se ve, repite su madre.
Exprimió sus ojos y le sacó lagrimas; la única expresión de emoción permitida. No de amor, ni de satisfacción, lloraba de impotencia al escuchar al médico decirle a la pediatra, “pésalo con la pinza! pésalo con la pinza!”.


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