El recuerdo del ajusticiamiento de Rafael L. Trujillo motiva hoy una nueva reflexión del estado de la nación, 56 años después del fin la férrea dictadura que nos gobernó por 30 años.
El país ha avanzado decididamente, con altas y bajas, con dilaciones, retrocesos y mucho esfuerzo, pero no se ha doblado ni cedido a pretensiones de malos ciudadanos que medran en la oscuridad, como hoy, conspirando contra las libertades ganadas.
La estabilidad política, pese a tropezones –como el golpe de Estado del ‘63, la revuelta del ‘65, la intentona del ‘78 y la crisis del ‘94– ha sido el eje fundamental de que nuestra democracia funcione y haya logrado blindarse para enfrentar con éxito los intentos malsanos de improvisados y veteranos frustrados.
La economía nacional anda, por así encasillarlo, al vaivén de la situación del continente y del mundo y de la realidad nacional –los precios del petróleo, las políticas monetarias de los grandes, las garantías de estabilidad de los denominados ‘commodities’, el fortalecimiento y aceptación de nuestras exportaciones, la estabilidad cambiaria nacional y las políticas internas de inversión, pese a los reducidos y controlados recursos– por lo que avanzamos despacito, pero no retrocedemos.
La deuda social tiene una factura por saldar que parece eterna, pero a la que se va abonando de acuerdo a las posibilidades y recursos disponibles, pero no agrava sensiblemente.
Hoy, gracias a las garantías institucionales y democráticas la sociedad tiene la oportunidad y el derecho de reclamar mejores condiciones de vida y más controles en el manejo del Estado, bajo la bandera contra la corrupción y la impunidad, una lucha en la que el propio gobernante de turno se ha inscrito como abanderado de primera fila.
Estoy seguro, convencido, de que los dominicanos ganaremos este nuevo episodio que hoy enfrentamos y que sacude a la sociedad y se nos impone como un cáncer que ha corroído los cimientos del continente.
Vivimos tiempos difíciles, pero contamos con hombres y mujeres que están echando la batalla, con la entereza de no ceder a la provocación artera y a los intentos de algunos que apuestan al caos, al desorden, al desplome total de lo que a estas generaciones nos ha costado tanto construir, a partir de aquella epopeya del 30 de mayo de 1961.


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