El retiro de la inmunidad al presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, es otro ejemplo del espejo que debemos colocar frente a nuestra República para que veamos cómo debemos actuar, cuánto tiempo hemos perdido en abandonar la política de vacas sagradas y cuán atrasados estamos en castigar a los culpables, a los traidores, como pedía Juan Pablo Duarte.
Desagrado pensar que en países cercanos se persigue la corrupción, se defiende el patrimonio público y se somete y condena a presidentes, legisladores y líderes políticos y militares que hayan cometido prevaricación. Hasta exageraciones y ridiculeces se cometen, para referir un ejemplo recuerdo que el presidente de Costa Rica, don Luis Alberto Monge, lo procesaron y condenaron porque a un adulón se le ocurrió pagar con fondos públicos la reparación de un aire acondicionado de su casa.
Aquí, presidentes, generales, líderes políticos, funcionarios de la aduana, de los aeropuertos, de los puertos y de cualquier institución se llenan los bolsillos de los fondos públicos, todo el mundo los ve cómo cambian las tres Cs, Casa, Carro y C… y nadie dice nada, como si fuera normal el uso de dineros del erario para fines particulares.
Tan grave como el delito cometido por el bujarrón polaco Wesoloswski, oportunamente muerto dentro de las paredes del Vaticano que tantos secretos guardan, tan grave como ese delito es el que cometen los asesinos y ladrones amparados en el poder temporal que ejercen desde los gobiernos.
Indigna ver cuán charlatanes son tantos funcionarios judiciales, tantos congresistas, tantos dirigentes políticos, empresariales, religiosos que andan juntos y revueltos con tantos maleantes que, recién llegados al poder, entienden que les toca un pedazo de ese pastel.
Pérez Molina resultó otro heredero de la larga lista de tiranos, dictadores y farsantes que han gobernado Guatemala desde la Primera Guerra Sucia que tan certeramente relató el periodista argentino Gregorio Selser, al describir la intervención norteamericana en la tierra de los chapines, en procura de torcer el destino democrático cuyo camino comenzaba a transitar con el maestro Juan José Arévalo y el militar democrático Jacobo Arbens.
Los capitales que torcieron el destino de Guatemala mantienen vigencia a través del respaldo a gobierno cuyas violaciones a los derechos humanos permiten contar por cientos de miles los asesinados. ¡Que se haga justicia y si prevaricó que la pague!


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