POR RANFIS RAFAEL PEÑA NINA
Según el Génesis, los descendientes de Noé construyeron una torre para alcanzar el cielo, desafiando los límites divinos. Dios, al ver su arrogancia, confundió sus lenguas y los dispersó. Hoy, pareciera que aquella escena se recrea en la sede de la ONU, donde 194 naciones confluyen con múltiples idiomas, costumbres y visiones del mundo.

En una reciente conversación con mi tío Chito, católico ferviente y gran pensador, reflexionamos sobre los cambios que enfrenta la humanidad. Él señalaba cómo la ONU, en su afán de unificar criterios, tropieza con la misma dificultad que Babel: la incomprensión y la divergencia de propósitos.
La gran pregunta es si esta “nueva Babel” podrá sortear el destino de su antecesora.
¿Lograremos la verdadera unidad o sucumbiremos a la confusión y el conflicto? Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo sea encontrar un lenguaje común que trascienda intereses políticos y rivalidades, recordando que la auténtica armonía nace de la humildad y la cooperación genuina.
jpm-am


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