En la República Dominicana ocurre un fenómeno tan sorprendente como revelador: escasean los buenos y finos orfebres capaces de transformar con inteligencia el oro que produce nuestra propia tierra, pero proliferan (con alarmante entusiasmo) los arquitectos políticos del estorbo.
Son legión aquellos siempre dispuestos a colocar trampas, piedrecitas y zancadillas en el camino de los escasos líderes auténticos que poseen la estatura moral, política e histórica necesaria para enderezar el curso torcido que hoy arrastra al país bajo la conducción del gobierno de Luis Abinader y el PRM.
En este contexto, Leonel Fernández Reyna avanza hoy por una vía amplia, despejada y de múltiples carriles que lo conduce, con paso firme, hacia el Palacio Nacional en el año 2028. Nada indica que ese trayecto histórico pueda ser alterado por la intriga ni por la estridencia. Mientras tanto, ciertos enanos mentales, incapaces de elevarse por mérito propio, rumian su frustración y se revuelcan en el fango de su propia impotencia, intentando (en vano) impedir lo inevitable.
Leonel Fernández no se impone por casualidad ni por nostalgia. Lo respalda una capacidad política probada, virtudes indiscutibles de estadista y una obra de gobierno verificable, construida a lo largo de tres períodos en los que demostró solvencia para enfrentar crisis económicas, políticas e institucionales de alta complejidad.
Su visión de progreso y modernidad, su capacidad para generar confianza, estabilizar la economía, fortalecer la institucionalidad y devolver certidumbre a la vida nacional, lo colocan en una categoría distinta. Sin embargo, ni siquiera este historial parece suficiente para aplacar la intriga y la perversidad de sectores que conciben el poder únicamente como un botín del cual seguir nutriéndose de manera insaciable.
Es aquí donde adquiere plena vigencia aquella aleccionadora anécdota de las dos latas de cangrejos. Una permanecía destapada; la otra, herméticamente cerrada. Ante la curiosidad de un transeúnte, el encargado explicó la razón: los cangrejos holandeses cooperaban entre sí, se organizaban, formaban una escalera y lograban salir todos juntos; por eso había que taparlos. Los dominicanos, en cambio, cada vez que uno intentaba salir, los demás lo halaban hacia abajo. El desenlace era siempre el mismo: terminaban todos en el caldero.
He ahí una metáfora tan simple como brutal. Mientras no aprendamos a reconocer, respetar y acompañar a quienes tienen estatura histórica para conducir la nación, seguiremos atrapados en ese círculo vicioso donde el resentimiento pesa más que el porvenir y la mediocridad conspira, sin pudor, contra el destino colectivo.
jpm-am
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