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En los años que tengo ejerciendo de dirigente político en el área metropolitana Washington-Maryland-Virginia –y a excepción del 2004- no había vivido un proceso político-electoral de tanta empatía espontanea hacia un candidato (Danilo Medina), como tampoco una mancuerna política-estratégica-electoral como la que ha generado la plataforma programática de Gobierno de Unidad Nacional PLD-PRD. Es tanto así, que los mismos nacionales, residentes en la zona tri-estatal, nos manifiestan –de vivo voz- su voluntad de sufragar por el candidato Danilo Medina porque, en la opinión de ellos, “Lo está haciendo bien”.
Es un fenómeno político-social raro, que nos empuja –como dirigente- a ponernos a la altura de esa valoración ciudadana que trasciende la isla –también, lo político partidario- y que concita el reconocimiento de la diáspora a un gobierno que ha inaugurado un nuevo estilo de impactar favorablemente las vidas de los ciudadanos en ciudades, comunidades, provincias y pueblos que, por décadas, fueron excluidos como actores sociales relevantes para el desarrollo integral.
Por ello, cada escuela o estancia infantil que se levanta y se entrega, en una determinada comunidad, genera un profundo sentimiento de satisfacción social que a su vez sirve de renovación de fe en un destino nacional más prospero.
Y esa altísima valoración de la diáspora al gobierno que encabeza el Presidente Danilo Medina, debe ser compensada con una serie de iniciativas que vayan directamente al reconocimiento del aporte real que los dominicanos de ultramar, mes tras mes, abonan y contribuyen al desarrollo nacional a través de las remesas, de su imagen de comunidad laboriosa e integrada, de su reafirmación y arraigo al vínculo histórico-cultural con el país y, sobre todo, con la realización plena de su ciudadanía.
Esa suma de aportes y reafirmación ciudadana, debe orientar y comprometer al gobierno nacional en la ingente tarea de hacer una realidad el Instituto del Dominicano en el Exterior, de rebajar –significativamente- los costos de los servicios consulares, y más que ello, de elaborar e implementar una efectiva y sistemática estrategia nacional para canalizar toda la potencialidad empresarial, creativa, académica, tecnológica y científica de esa diáspora que está ávida de ser vista e integrada al desarrollo nacional no a través de la vieja cultura de una sola vía (como emisora de remesas), sino en la doble vía: de parte vital en la estrategia de desarrollo nacional y como ente-actor protagónico en ese proceso inacabable.
Por igual, la reafirmación de la confianza de la diáspora en el Presidente hace impostergable la concreción de esas conquistas que hemos señalado y añadir otras de no menos importancia: a) mayor acercamiento y acompañamiento, de embajadores y cónsules, con la diáspora mas allá de la celebración de fechas patrias y convivios; b) creación de nuevos servicios o, ventanillas, que faciliten –desde el exterior y vía los consulados- el pago de impuestos y de bienes público-privado; y c) una efectiva política de acompañamiento-asesoramiento a nuestros nacionales de ultramar –vía embajadas-consulados- envueltos en proceso de repatriación o, en situaciones de falta de garantía al debido proceso que consigna el derecho internacional.
Sin duda alguna, el país está viviendo una nueva etapa de credibilidad ciudadana a una administración pública que, al mismo tiempo, tiene varios retos-desafíos impostergables: más seguridad ciudadana, más avance institucional (en la vía de la aprobación de la Ley de Partidos y de la reforma a la Ley electoral, entre otras); pero sobretodo, más combate contra la corrupción pública y privada.
Visto así, el Presidente Danilo Medina tiene -y tendrá a partir del 2016- la gran oportunidad de conjurar algunas de las falencias históricas que han retrotraído el desarrollo integral del país por décadas.
De avanzar en ello, se coronaria, sin duda alguna, como el Presidente –contemporáneo- que además de haber eliminado el analfabetismo, encaró, con ahínco, planificación y voluntad política inquebrantable la agenda social acumulada del país.
Y ese referente (el de un Presidente enfocado en la agenda social), marcaría un antes y un después en el ejercicio de la política y del poder, con nombre y apellido.


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