POR YANET GIRON
En una sociedad que presume de avanzar hacia la igualdad, todavía existen personas que permanecen al margen por causa de los prejuicios. Quienes viven con una discapacidad no solo enfrentan los desafíos propios de su condición, sino también el peso de una cultura que, con demasiada frecuencia, los señala, los excluye o los reduce a estereotipos. La falta de empatía sigue siendo una de las barreras más difíciles de derribar.
Resulta preocupante que aún se normalicen las burlas, los sobrenombres ofensivos y las miradas cargadas de desprecio hacia quienes simplemente experimentan la vida de una manera distinta. Detrás de cada comentario hiriente hay una persona con sentimientos, aspiraciones y el mismo deseo de ser aceptada. La discapacidad nunca debería convertirse en un motivo para negar el respeto que merece cualquier ser humano.
La exclusión también se manifiesta en los pequeños actos cotidianos. Ocurre cuando se les niega una oportunidad de empleo, cuando no se piensa en espacios accesibles o cuando se les aparta de actividades sociales por considerarlos una carga. Esas acciones silenciosas construyen un muro que limita mucho más que cualquier condición física, sensorial o intelectual.
Con frecuencia olvidamos que las personas con discapacidad poseen talentos, capacidades y un enorme potencial para contribuir al desarrollo de la sociedad. Lo único que necesitan es que alguien les abra una puerta en lugar de cerrársela. La inclusión no debe entenderse como un gesto de caridad, sino como un acto de justicia que reconoce la dignidad y el valor de cada individuo.
También es responsabilidad de las familias, las escuelas, los medios de comunicación y las instituciones públicas promover una cultura de respeto e inclusión. Educar desde la infancia en valores como la solidaridad, la igualdad y la empatía puede transformar la manera en que las futuras generaciones se relacionan con quienes viven una realidad diferente. El cambio comienza en la conciencia de cada ciudadano.
No se trata de sentir lástima ni de ofrecer privilegios, sino de garantizar derechos y oportunidades en igualdad de condiciones. Una sociedad verdaderamente desarrollada es aquella donde nadie debe demostrar que merece ser tratado con respeto. La diferencia no disminuye el valor de una persona; por el contrario, enriquece la diversidad que caracteriza a toda comunidad.
Mientras existan personas juzgadas por su condición antes que por su capacidad, seguiremos teniendo una deuda moral como sociedad. La verdadera discapacidad no está en quien necesita apoyo para recorrer un camino, sino en quienes son incapaces de ofrecer una mano, una oportunidad o una mirada libre de prejuicios. La inclusión dejará de ser un discurso cuando se convierta en una práctica cotidiana.
jpm-am


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Comparto plenamente el enfoque del artículo. Es necesario que la sociedad dominicana avance hacia una inclusión genuina y activa de las personas con discapacidad, no solo desde el discurso, sino desde la acción cotidiana.