La policía es un cuerpo civil con armas de reglamento

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EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.

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En términos generales, puede sostenerse que la policía constituye un cuerpo civil armado del Estado, debido a que su función principal es garantizar el orden público, la seguridad ciudadana y la aplicación de las leyes, sin formar parte de las fuerzas militares ni estar destinada a la defensa nacional. En la mayoría de los Estados democráticos, las policías dependen de ministerios o instituciones civiles y están sujetas a autoridades políticas civiles, no militares.

Aunque las policías utilizan armas, uniformes, rangos y una estructura jerárquica similar a la militar, ello no las convierte automáticamente en instituciones castrenses. Tales elementos responden a necesidades organizativas y operativas. En nuestro país, la Policía Nacional está adscrita al Ministerio de Interior y Policía y es dirigida por un director general, lo que evidencia su carácter esencialmente civil.

Como consecuencia de la globalización y del incremento de los flujos migratorios, las sociedades contemporáneas enfrentan nuevos desafíos en materia de seguridad ciudadana. La movilidad humana, sumada a profundas diferencias culturales y sociales, ha generado fenómenos complejos que obligan a los Estados a ampliar, profesionalizar y tecnificar sus cuerpos policiales para enfrentar eficazmente las distintas modalidades delictivas previstas en las legislaciones penales.

Al no depender de ningún órgano militar, los miembros de la Policía Nacional no están jurídicamente obligados a rendir honores o saludos protocolares a oficiales pertenecientes a otras instituciones armadas. Sin embargo, en nuestro país subsisten prácticas heredadas de épocas autoritarias, especialmente del régimen trujillista, que han perpetuado la costumbre de que agentes policiales se coloquen en posición de atención frente a oficiales de otras fuerzas, incluso cuando estos se encuentran retirados.

Más preocupante aún es que, en determinadas circunstancias, algunos miembros de instituciones castrenses, activos o retirados, pretendan hacer valer su rango para evadir la aplicación de las leyes o recibir un trato privilegiado durante una actuación policial. Tal conducta contradice el principio constitucional de igualdad ante la ley y debilita la institucionalidad democrática. Essas demandas de militares tanto activos como retirados, son los promotores de las violaciones a la ley, y por ende, la delincuencias, la corrupción, lavado de activos y narco tráfico, como se ha estado reseñando en todos los medios.

Ningún rango militar o policial debe constituirse en un privilegio que coloque a una persona por encima de la ley. Por el contrario, quienes ostentan grados dentro de las instituciones armadas y policiales están llamados a ser ejemplo de respeto al ordenamiento jurídico. La lucha contra la delincuencia, la corrupción, el lavado de activos y el narcotráfico exige que la ley se aplique con el mismo rigor a todos los ciudadanos, sin excepciones ni privilegios.

Paradójicamente, una parte importante de nuestra sociedad rechaza los privilegios y las prerrogativas de origen militar, al tiempo que manifiesta un profundo malestar cuando se le recuerdan las prácticas autoritarias heredadas de la dictadura trujillista. Sin embargo, muchas de esas costumbres continúan reproduciéndose cotidianamente, ya sea por tradición, temor, conveniencia o simple inercia cultural.

Esta contradicción revela que, pese a los avances democráticos, aún subsisten en el imaginario colectivo rasgos de una cultura política que privilegia las jerarquías personales por encima de la supremacía de la ley.

Mientras persistan privilegios informales sustentados en rangos o influencias personales, la igualdad ante la ley seguirá siendo una aspiración más que una realidad. La consolidación del Estado de derecho exige que civiles, militares y policías respondan por igual ante la ley, sin distinciones ni prerrogativas ajenas al orden constitucional.

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