Aunque no se dispone de una serie pública continua de precios minoristas para los distintos tipos de carnes y cereales entre 2020 y 2025, es posible construir una aproximación robusta a partir de los precios observados y de las variaciones acumuladas reportadas por el Banco Central y otras instituciones especializadas.
A partir de esas estimaciones, puede establecerse que durante el período señalado el precio de la carne de pollo fresco aumentó entre un 40% y un 55%; la carne de cerdo entre un 45% y un 65%; y la carne de res entre un 40% y un 55%. Sobre los cereales, el precio del maíz registró incrementos de entre un 50% y un 70%, mientras que la harina de trigo experimentó aumentos de entre un 45% y un 60%.
Conviene anotar que entre 2020 y 2025 la inflación acumulada en la República Dominicana se situó alrededor del 30%. Esto significa que los precios de los bienes alimentarios referidos crecieron significativamente más que el promedio general de precios de la economía.
Conjuntamente, las importaciones de estos alimentos registraron una expansión extraordinaria. Entre 2020 y 2025 las importaciones de carnes pasaron de US$204 a US$673 millones, mientras que las de cereales aumentaron de US$423 a US$666 millones.
Este comportamiento sugiere que el fenómeno inflacionario no puede explicarse por un exceso de demanda. Más bien, parece reflejar una combinación de factores estructurales: la dependencia de insumos importados, el aumento de los precios internacionales de los granos, el encarecimiento de los costos de producción pecuaria y un crecimiento insuficiente de la oferta nacional para responder al aumento de la demanda.
Precisamente ahí radica la explicación de por qué el incremento masivo de las importaciones de carnes y cereales no se tradujo en una reducción de precios ni en una contención efectiva de estos. Lo que se observa es una agricultura y una ganadería cada vez más dependientes de insumos cuyos precios se determinan fuera de nuestras fronteras.
Si bien esa afirmación puede ser técnicamente correcta bajo determinados criterios de medición, debe analizarse con cautela. Los datos sobre importaciones revelan una realidad mucho más compleja: el país produce una parte importante de los alimentos que consume, pero depende cada vez más del exterior para sostener esa producción.
Detrás de una libra de pollo, una libra de carne de cerdo o una docena de huevos producidos localmente existe una larga cadena de insumos importados: maíz, soya, trigo, fertilizantes, combustibles, medicamentos veterinarios, equipos y tecnologías. Por tanto, una cosa es la autosuficiencia aparente y otra muy distinta la seguridad alimentaria real.
Por ello, aunque una parte significativa de los alimentos se produzca localmente, la seguridad alimentaria nacional es considerablemente más vulnerable de lo que sugieren las cifras oficiales de autosuficiencia.
La principal conclusión es clara: hoy la República Dominicana depende más de los mercados internacionales para alimentar a su población que hace cinco años. El país continúa produciendo una parte importante de sus alimentos, pero cada vez necesita importar más insumos para hacerlo.
En definitiva, el debate no debería centrarse únicamente en cuánto produce el país, sino en cuánto depende del exterior para producirlo. Ahí radica la diferencia entre una autosuficiencia aparente y una seguridad alimentaria verdaderamente sostenible.
of-am


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