En el artículo anterior, titulado “A la izquierda del Padre”, afirmé, aunque de rondón, que en lo político, la derecha representa el lado vergonzante. Los derechistas más consumados reniegan que se les cite con esa calificación. Ninguno, no obstante evidenciarlo en su retórica y en la práctica, admite ser de la derecha. En 1980 entrevisté a Francisco Augusto Lora, disidente del Partido Reformista que había formado diez años antes el MIDA, diferenciado con el primero en que no apoyaba la continuidad del presidente Joaquín Balaguer. Mi reseña motivó una visita del ex vicepresidente a la redacción del diario El Sol, pues mencioné al grupo como “la organización derechista”. La dicotomía izquierda-derecha, aplicada a lo político, se originó en Europa (Revolución Francesa) a propósito de que en la asamblea parlamentaria los representantes del gobierno, por lo común conservadores, ocupaban el lado derecho, mientras los de oposición, críticos y antagónicos, se sentaban en el ala izquierda. No obstante, la diferencia esencial radica en que en una sociedad dividida en clases, con muy desigual distribución de los bienes, la derecha política afana para que todo siga igual, de modo que los ricos sean más ricos y los pobres sean más pobres. En tanto, la izquierda procura introducir cambios en esa estructura. El ideal de la izquierda consiste en abolir la desigualdad. Una primera etapa –el socialismo- se basa en la propiedad colectiva de los medios de producción y cada ciudadano ha de recibir bienes según su capacidad. Una fase superior sería la sociedad sin clases –el comunismo- cuya aspiración es que cada uno reciba según su necesidad. Estas concepciones no complacen a la derecha, pues conllevan la expropiación de bienes y otras medidas de fuerza. El punto medio entre la voracidad capitalista, defendida por la derecha, y las aspiraciones de la extrema izquierda es la socialdemocracia, que, con los principios de la democracia, procura mejorar la sociedad. Se ha esfumado la efervescencia izquierdista en nuestro país, pero queda el discurso. Algunos se identifican como de izquierda –vaya paradoja- pero siguen a líderes cuya práctica ha demostrado que encarnan lo peor de la derecha. Se disfrazan de revolucionarios, pero apoyan a quienes se han hecho ricos hundiendo al pueblo en la pobreza. El orgullo de ser izquierdista es perdurable. Lo que nadie soporta es que lo “acusen” de derechista. Homenajean a Manolo Tavárez y las gestas patrióticas, entonan el himno del Catorce de Junio, exaltan a Caamaño y Fernández Domínguez, pero su práctica es cónsona con la derecha. Nunca se aceptarán como tales, pues la derecha avergüenza.
La derecha avergüenza
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