¿Hacia dónde vamos?

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EL AUTOR es investigador y agroempresario. Reside en Santo Domingo.

Viendo una película en horas de la noche, con la finalidad de descansar, después de un día de ir y venir, de afán y trabajo, de pronto apareció una toma filmada desde lo alto en la ciudad de Nueva York, donde se veía un torbellino de gente yendo rápido de un lado para otro.

Entonces me vi inmerso en una serie de preguntas que llegaban solas a mi mente y se revelaban una tras otra, llenando de inquietud  mi ser; veía a las personas ir y venir por la calle, con prisa, sin mirarse unas a otras, y yo, sentado cómodamente mirando la película, también me estaba viendo a mí en esa escena aparentemente sin sentido.

¿Hacia dónde vamos? ¿Con qué finalidad? ¿Qué buscamos? ¿Por qué con tanta prisa? ¿Qué  puede ser tan urgente? ¿Por qué no se miran entre ellos? ¿Por qué esos rostros tan serios? ¿Así se vive? ¿Así se muere? ¿Qué es lo importante? y ¿Para quién hacemos lo que hacemos?

Esa es la vida moderna: un ir y venir permanentemente, todo con mucha prisa, en busca de algo que no tiene sentido, es decir, malgastamos la vida buscando un medio, como si fuera un fin, tras una ilusión que promete felicidad, pero da angustia, que promete vida, pero da muerte.

Cuando fuimos creados, se nos capacitó para ser y hacer más que los seres que no fueron dotados de raciocinio, y además, fuimos dotados de un alma y un espíritu; no nos crearon para buscar la sobrevivencia, sino para vivir en plenitud y trascender.

Pero resulta que la humanidad, viviendo según su inteligencia, y ufanándose de su libertad, ha decidido caminar poniendo la carreta delante, mientras los seres humanos van detrás empujándola, asumiendo la vida como una carga enorme, pensando que es así como se consigue la felicidad.

Lo más interesante es que los seres humanos han olvidado que somos hermanos, y en ese afán y competencia por tener más carga, supuestamente para vivir mejor, han aprendido a dañarse unos a otros, a odiarse, maltratarse, incluso, a matarse.

Con razón dicen algunos sabios que aquellos que parecen cuerdos, están locos y los que parecen locos están cuerdos, porque no creo que haya locura mayor que lastimar a otras personas por vivir con una carga vana y además, lleno de angustia, provocada por la misma carga.

Porque resulta que no nos crearon para este mundo, aquí somos peregrinos, en este mundo se muere y fuimos creados para la vida. Cuando digo vida, me refiero a vida que no acaba nunca, de modo que debe haber un código dentro de nosotros que contenga esa información, y es aquel que hace sentir al ser humano vacío, aunque esté lleno de todo aquello que es de este universo.

El Padre del cielo lo advirtió desde el principio de los tiempos, que los seres humanos se habían dejado confundir, y con ese proceder, estaban desechando la vida y asumiendo la muerte sin tener conciencia de ello, desvirtuando la razón de ser en este espacio-tiempo.

Por eso el Padre se le reveló a los primeros en poblar la tierra y les enseñó la razón de ser, para qué y para quién vivir en esta dimensión, para poder vivir en armonía y felicidad, y después trascender y llegar a la morada definitiva, junto a Él, en plenitud de vida, pero no le escucharon o no entendieron.

Entonces se le reveló a Noé, a Abraham, a Moisés, a Josué y a los profetas, los cuales vivieron según los designios del Padre, y advirtieron a los demás, que si no lo hacían, morirían, pero no hicieron caso, más bien, le quitaron la vida del cuerpo a muchos de ellos.

Finalmente, el Padre decidió encarnarse en la persona del Hijo y vivir entre los seres humanos, para Él mismo enseñarles lo que son, para lo que fueron creados y cuál es su destino, como está dicho en Juan 1:1; 14, En el principio existía la palabra y la palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. (…) Y la palabra se hizo carne y puso morada entre nosotros y hemos contemplado su gloría.

Y entre las muchas cosas que vivió y enseñó, también nos enseñó a vivir en el amor, que es lo mismo que vivir en Dios, vivir para el amor, que es lo mismo que vivir para Dios, nos enseñó a ser libres en Dios y a trascender este mundo.

Por eso dijo: “No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.

Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal”. (Mateo 6: 31-34).

Y saben que pasó con Dios encarnado en la persona del Hijo, que los seres humanos asustados pensando que éste le venía a quitar la “vida” que ellos tenían y las cosas de este mundo que habían acumulado, le crucificaron, y tenían tan duro el corazón y tan obtusa la mente, que vivieron la evidencia de la resurrección y no la creyeron y persiguieron a aquellos por los cuales la humanidad hoy aún tiene esperanza.

Así vemos que en el presente, salvo un pequeño grupo que ha logrado escapar y ser libre y vivir, la mayoría muere, y va corriendo de aquí para allá, agenciándose todo aquello que les hará aún más pesada la carga y más grande la angustia, en el camino de muerte que ellos llaman vida.

c.aybar@nikaybp.com

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