Estábamos convencidos desde hacía mucho tiempo que aunque hablábamos el mismo idioma y teníamos los mismos hábitos y costumbres de vida, muy similares, casi idénticos, a esos pueblos, en la conducta y comportamiento no somos iguales. En el caso nuestro, de los dominicanos, existe en términos históricos una razón que debemos explicar de nuevo.
Fuimos escogidos por don Juan como su ayudante personal por recomendación expresa que le hicieron dos amigos que en aquel entonces, cuando regresó al país en 1970, estaban íntimamente ligados a su persona. En el transcurso de esas conversaciones diarias y permanentes que sostuvimos con él, queríamos hacerle saber que era tan correcta la interpretación que él hacía de la Composición Social Dominicana, que resultaría muy difícil que nadie pudiera producir una obra de la admirable seriedad y profundidad como la que él había aportado a la historiografía de la nación dominicana.
Muchas veces le decíamos al maestro que el pueblo dominicano no era un pueblo igual a la mayoría de los pueblos de hispanoamérica y que Ulises Heureaux, Ramón Cáceres y Rafael Trujillo Molina, con los matices diferentes de sus personalidades, eran en la realidad histórica sociólogos empíricos, que conocieron profundamente al pueblo que gobernaron; el primero, con una conducta represiva, intolerante y criminal; el segundo, también con un mandamiento represivo e intolerante; y el tercero con la particularidad de ser un asesino político selectivo, represivo e intolerante.
A Trujillo le correspondió la oportunidad de organizar el país y convertirlo en un Estado con atributos propios e incorporarlo al siglo XX, y ha sido sobre la base de ese ordenamiento que esta pequeña burguesía nacional, que no tiene antecedentes de esclavitud, discriminación racial y servidumbre, se siente instintivamente ser dueña de su destino sin importar las consecuencias de los errores que en esa actitud tan atrevida, agresiva y ambiciosa, se puedan cometer.
Esa es la realidad que explica la ridícula cantidad de “partidos políticos”, la mayoría de los cuales pueden viajar íntegramente en una guagua de treinta pasajeros, sin importar para nada los nombres rimbombantes que se puedan utilizar. Para nosotros, no es sorpresa el espectáculo risible, realmente cómico, propio, muy propio de un espectáculo realmente preocupante.
Bueno, ¡Vámonos con Dios!, vamos a darle seguimiento hasta donde son capaces y se atreve a llegar esta extraordinaria legión de aventureros que ignoran que la política es un oficio como son la ebanistería, la carpintería, la albañilería, la zapatería o la talabartería, que exigen muchos años de dedicación como lo exigen también el magisterio, la medicina, la arquitectura, la ingeniería o el derecho.
¡Vámonos con Dios, y que nos acompañe!, para que este pueblo digno de un destino mejor no pierda la admiración y el respeto que se ha ganado por ser en la realidad un pueblo “legendario, veterano de la historia y David del Caribe”.


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