El viaje de Dorvo Soulastre a la isla en 1799

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

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En 1799, el francés Dorvo Soulastre, antiguo procurador fiscal de la colonia francesa de Saint Domingue, realizó un viaje a la isla, como parte de la comitiva del general de división Gabriel Marie Théodore Joseph, conde de Hédouville, quien venía a estudiar la situación minera de la parte española de Santo Domingo.

Soulastre salió de Francia, en la expedición del conde de Hédouville, el 30 pluviôse del año VI (18 de febrero de 1798) y llegó a la isla el 6 germinal del año VII (27 de marzo de 1799).

La expedición entró por Santo Domingo, en las fragatas la Bravoure, la Cocarde y la Sirène, comandadas por el capitán Gilbert-Amable Faure de Fournoux, para emprender un viaje terrestre desde esta ciudad hasta Cap Français (hoy Cabo Haitiano), una travesía sumamente arriesgada y extraordinaria para la época.

Soulastre dejó un testimonio de su viaje en un libro de gran valor histórico, que tituló “Voyage par terre de la capitale de la partie espagnole de Saint-Domingue au Cap- Français” (Viaje por tierra de la capital de la parte española de Santo Domingo a Cabo Francés).

El libro fue dado a conocer en el país por el doctor Emilio Rodríguez Demorizi, en su obra “La Era de Francia en Santo Domingo”, pero no he conocido una edición en español.  He localizado la edición original del libro en la Biblioteca Nacional de Francia (Gallica), que data de 1809.

En sus relatos, Soulastre retrata la vida del pueblo dominicano de la época, sus costumbres y tradiciones, dentro de un entorno geográfico caracterizado por una exuberante vegetación selvática y un territorio fértil y libre.

“Una humilde choza, de cuyas esquinas cuelga una hamaca, unas pocas parcelas o cuadrados de tierra cultivados con hortalizas y tabaco, unos pocos retazos para vestir bastan para la felicidad del campesino: su ambición no va más allá de las necesidades físicas; su esposa trabaja mientras él duerme; el cuidado de los rebaños supera sus fuerzas, y no es la mayoría quien se dedica a este trabajo”.

Visitó la casa del francés François Delalande, que vivía en las afueras de Santo Domingo, y observó la preparación de los “frijoles azucarados”, días antes del Domingo de Ramos, ha sido interpretado por algunos investigadores como una posible referencia temprana del origen de la tradición dominicana de las habichuelas con dulce en la Semana Santa.

La expedición terrestre salió por el norte de Santo Domingo, cruzando el río Isabela por los alrededores de donde está ahora el Puente Peynado, y siguió un trillo que bordeaba la planicie donde está hoy Villa Mella y La Victoria. Dice Soulastre que hasta Cotuí sólo encontró una pequeña aldea, lo que significa que esa región estaba casi despoblada, tal y como lo dice Jacques Francois Longchamps, en su mapa de la Isla, de 1750, al referirse al área que va desde las afueras norte de Santo Domingo, hasta Cotuí,  entre Ozama e Isabela: “toute cette partie es montueuse est presque déserte” (toda esta parte es montuna y casi desierta).

Soulastre describe el paisaje que existía desde los muros de la Ciudad Colonial hasta el río Isabela, plantado de árboles, como palmeras, acacias, caobas. Llegó a la casa de Doña Teresa Sánchez, que estaba ubicada más arriba de la Villa de San Carlos, probablemente entre las hoy avenidas 27 de febrero y Kennedy, en la margen derecha de la Leopoldo Navarro.

Y después siguió el sendero hacia el noroeste, “atravesando una pequeña sabana, más allá de la cual se encuentra un bosque notable por la variedad de sus árboles, y especialmente por sus numerosas palmeras y diferentes tipos de acacia”.

Sobre ese paisaje, agrega: “se pueden ver algunas chozas ocupadas por personas negras libres, y una más grande perteneciente a personas blancas; está rodeada de pequeños recintos cuadrados donde se observan plataneros y caña de azúcar. Aproximadamente un kilómetro más adelante, a la izquierda y cerca del sendero, se encuentra la vivienda de Juan Martín. Está situada sobre un montículo elevado que domina una llanura por donde fluye el río Isabel”.

Por la descripción, podría tratarse del sector que hoy le llaman Brisas del Isabela, rodeado por la calle Héctor J. Díaz, que, haciendo un arco, cruza con la avenida Máximo Gómez al norte y al sur.

Otro dato curioso que trae el relato del expedicionario francés es que, al cruzar el río para tomar su ruta hacia el norte del país, se encontró con una pequeña caravana de mulas que venía de Santiago y cargada de café.

Esto indica que para 1799 ya estaba el sistema de transporte de mercancías desde el Cibao hasta la ciudad, por medio de recuas mulas y burros, confirmando que la ruta, a través de trillos, se hacía desde el río Isabela, pasando por Villa Mella, Sierra Prieta, Guanuma, La Luisa y Bermejo, para llegar a Cotuí y de ahí a La Vega y Santiago.

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