Por LUIS EDUARDO GUTIERREZ
La Ilustración, que se desarrolló en el Siglo XVIII en Europa, fue un proceso intelectual que se caracterizó por darle primacía a la razón y a la ciencia, y por un rechazo visceral hacia la injusticia y el fanatismo religioso. Dicho proceso lo cuestionó todo, incluso a la autoridad política de la época, y es en parte gracias a La Ilustración que se produce la Revolución Francesa de 1789, que dio origen al Estado moderno y que fue destruyendo paulatinamente en Europa al llamado Estado Absolutista.
Así, en Occidente se fue desarrollando un proceso histórico muy complejo, caracterizado por una fuerte industrialización en parte de los países de Europa, así como también en los Estados Unidos. En el aspecto político, dicho proceso apostó (de manera paulatina y con diversos matices dependiendo del país) por libertades públicas, partidos políticos de masas, y un sistema jurídico que le diera seguridad a la naciente y pujante burguesía.
Pese a lo expuesto hasta ahora, los valores occidentales de libertad, tolerancia y la superioridad de la razón se están viendo amenazados por el fanatismo religioso y político. Por un lado, el fanatismo religioso lo percibimos con la amenaza que supone el islam, con su ¨Guerra Santa¨ o Yijad contra Occidente, y su penetración sobre todo en Europa.
En Londres, por ejemplo, existen zonas controladas por fanáticos musulmanes que no respetan la ley británica y que imponen, o tratan de imponer sus propias reglas. De continuar el proceso de islamización de occidente, vamos a ir directo a la Edad Media.
Llegados a este punto es menester analizar el otro fanatismo: el político. Hoy en día nuestras sociedades se encuentran inmersas en una suerte de deriva totalitaria. El diálogo político, que fue un valor occidental, ha prácticamente desaparecido, y los llamados conservadores y progresistas están más intolerantes que nunca. Se ven unos a otros no como adversarios, sino como enemigos que hay que abatir.
La izquierda política, que una vez creyó en la lucha final entre burguesía y proletariado, en la cual, según la interpretación materialista y marxista de la historia, les daría el triunfo final a las clases populares, ya abandonó esa idea y ahora han cambiado la lucha de clases por la lucha de género y de razas. Ya no es el burgués el malo, sino todo lo que huela a masculinidad.
Siguiendo la idea del párrafo anterior (y disfrutando mi ataque inmisericorde a la izquierda fanática), los grupos de la llamada izquierda política se olvidaron casi por completo de asuntos económicos, ya no cuestionan la desigualdad social ni la falta de oportunidades, sino que están inmersos en buscar la manera de imponer el lenguaje inclusivo y de satanizar todo lo que representa la masculinidad.
En definitiva, Occidente se encuentra en un proceso de decadencia, tal y como dice la autora norteamericana Camille Paglia. El fanatismo religioso y político va a pasar factura, mientras tanto solo nos queda mirar estupefactos el ocaso de Occidente.


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