Aunque el título de este escrito alude a un clásico de la novela del gran escritor ruso Fiodor Dostoievski, en esta ocasión no nos referiremos a ese libro en el que se encuentran los parámetros de la novelística mundial. Corría el mes de noviembre del año 1989, cuando un espeluznante hecho acongojó al mundo. La noticia estremeció todos los corazones latinoamericanos, produciendo esa abominable orgía de sangre, la repulsa de toda la opinión pública de entonces: El Asesinato de seis sacerdotes jesuitas en El Salvador.
La Guerra Fría acumuló los más dantesco episodios de iniquidad, violación de los derechos humanos y la integridad física jamás registrados en la historia. La llamada Operación Cóndor de los años sesenta le arrancó la vida a miles de seres humanos que tuvieron como único pecado disentir del estado de cosas en sus respectivos países. La cruenta guerra salvadoreña de los años ochenta fue una réplica de aquellos penosos acontecimientos, dejando un deleznable saldo negativo en vidas y bienes al Pulgarcito de América, como le llamó a ese hermano país centroamericano el poeta Roque Dalton,
El homicidio del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, ocurrido en 1980, y el posterior asesinato de los seis curas jesuitas, la cocinera y su hija de apenas 16 años de edad, en una universidad salvadoreña, perpetrado por un grupo de criminales del batallón Atlácatl de la Fuerza Armada de ese país, estremecieron a toda Latinoamérica, que deseó en todo momento que aquella página sangrienta de la vida de ese pueblo llegara a su final.
Como dice la canción Elegía a un Tirano, del artista argentino Rafael Amor, “Adónde irás, tirano, adónde irás. Tus manos ensangrentadas, ¿dónde las esconderás?”. El crimen de los curas en El salvador nunca perimió, y aunque el tribunal de la conciencia pública ya los había juzgado, todavía faltaba la justicia ordinaria por hacerlo. Pero por los últimos acontecimientos ocurridos sobre ese bochornoso hecho, parece que el estamento judicial no se quedará de brazos cruzados ante la masacre que les arrancó la vida a los prelados jesuitas y las dos mujeres en el centro de estudios hace 26 años. Para desgracia de los victimarios, un juez español acaba de emitir una orden de captura y extradición contra 17 militares involucrados en el magnicidio. Y es que de los seis clérigos asesinados había varios de nacionalidad española, entre ellos Ignacio Ellacuría, lo que faculta a la justicia española a perseguir a los asesinos.
La amnesia de los años no borró la irreverencia del crimen de los seis religiosos, la cocinera y su adolescente hija. A casi treinta años del vil suceso los victimarios son asediados por el fantasma de su crueldad, que parece no perderle ni pie ni pisada, pues como dice Rafael Amor en la canción a la que hice alusión arriba: “¿dónde ir que no amanezca?, la luz te perseguirá, y con las manos cruzadas, las mismas de tu impiedad, ante los ojos del pueblo, suplicante caerás. Sentirás su voz por dentro que te dice:- tienes manchadas las manos con sangre de libertad, deshojaste la alegría, torturaste por pensar, sembraste el odio, la guerra y mataste por matar, cercenaste la belleza que podía emocionar, traicionaste a tus hermanos a la hora de luchar…”.


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