Código Penal: entre la ley y una cultura de respeto

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La Autora es escritora e ingeniero. Reside en Santo Domingo.

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POR E. MARGARITA EVE

Hay disposiciones del nuevo Código Penal que merecen ser aplaudidas. Frente a las pandillas y el crimen organizado, endurecer las sanciones puede ser necesario para preservar el orden. También aborda situaciones que durante años hemos visto en nuestras calles como las carreras clandestinas, las acrobacias peligrosas en motocicletas y las agresiones con sustancias corrosivas.

Y no se trata solamente de castigar. El Código incorpora principios como la proporcionalidad, la humanidad y la resocialización. También responde a fenómenos actuales como el ciberbullying, la violencia económica y contenidos falsos creados con inteligencia artificial para chantajear. Son realidades que requieren nuevas respuestas jurídicas.

El nuevo Código Penal es más extenso que el anterior, que ya era considerablemente amplio. Entre sus disposiciones figuran normas sobre agresión sexual, violación y actividad sexual no consentida dentro de una relación de pareja. Conocerlas también corresponde a la ciudadanía, para comprender sus derechos y deberes.

Cuando la ley también alcanza nuestra intimidad

Pero una reforma de esta magnitud también puede generar desacuerdos y preguntas. Una de las inquietudes que más he escuchado en los medios tiene que ver con el consentimiento dentro de las relaciones de pareja. Algunos hombres expresan preocupación sobre cómo deben actuar. Es un tema que merece serenidad, sin convertirlo en una guerra entre hombres y mujeres.

Recientemente estuve en una conversación en la que hombres y mujeres compartían sus quejas sobre parejas conflictivas. Alguien me preguntó: “¿Y en tu caso?”. Respondí que nunca había tenido relaciones conflictivas. Días después, al escuchar en televisión el debate en torno a este punto del consentimiento, aquella conversación volvió a mi memoria y recordé historias que durante años me han contado algunas mujeres.

He escuchado relatos sobre parejas bruscas y esposos que llegan ebrios a casa sin considerar la voluntad de sus esposas. También he escuchado a mujeres lamentar la indiferencia después de la intimidad. Quizás no sea casual que en algunas relaciones latinoamericanas persista el machismo, la escasa comunicación afectiva y una manera brusca de entender la intimidad.

En algunas culturas europeas y norteamericanas, preguntar antes de la intimidad puede formar parte de la educación afectiva. “Cariño, ¿quieres que te consientan?”, u otra expresión que refleje deseo, consideración y reciprocidad. Después del encuentro, un abrazo, un “gracias” o una muestra de cariño pueden recordar que la intimidad también implica consideración por el otro.

Y aquí surgen preguntas inevitables

¿Realmente necesitábamos una ley para enseñar aquello que debería formar parte de nuestra educación? Esta reflexión invita a considerar la importancia de la educación cívica como base preventiva. ¿Cuántas historias, denuncias y reclamos tuvieron que escucharse durante años para que determinadas conductas requirieran una respuesta legal? Quizás, donde la educación forma hábitos de respeto, la ley no sea necesaria.

También debemos escuchar la preocupación de algunos hombres que temen que, después de un consentimiento que consideran claro, una persona sin principios pueda recurrir a una acusación falsa para perjudicarlos. La ética también exige actuar con honestidad y responsabilidad. La justicia debe proteger a quien denuncia y garantizar el debido proceso a quien es acusado.

El consentimiento debe entenderse como una decisión libre y consciente que puede cambiar en cualquier momento. Hombres y mujeres necesitan conocer la ley, comunicarse claramente y asumir responsabilidad por sus actos. La prevención y la educación también son necesarias. El respeto se aprende en el hogar, en la escuela y en la convivencia cotidiana.

Quizás el verdadero desafío no esté únicamente en las leyes, sino en lo que hacemos después de conocerlas. Una sociedad cambia cuando sus normas dejan de ser simples artículos escritos y comienzan a formar parte de la conciencia ciudadana. El mayor avance sería evitar determinadas conductas por convicción, respeto y educación.

Siempre he sostenido que prefiero pocas leyes, claras y conocidas, antes que muchas que nadie comprenda. Una población que conoce sus derechos y deberes está mejor preparada para cumplirlos.

El nuevo Código Penal puede ser una oportunidad para aprender nuestras normas. Quizás así podamos convertir el respeto en algo más profundo que una obligación legal: en una verdadera cultura.

emargaritaeve@gmail.com

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