Lo primero que los moralistas de conveniencia deberían preguntarse es si el sistema persecutorio y judicial de Brasil sentenció a Luis Inacio-Lula- da Silva a 12 años de prisión por la comisión de peculado o porque su retorno al Poder era inminente.
¿Alguien en su sano juicio puede creer que con el líder más carismático y presidente más exitoso de la historia carioca brasileña fue condenado por supuestamente aceptar un apartamento de playa como soborno?
Uno de los personajes de mayor involucramiento en la telaraña de corrupción fue juramentado como presidente de Brasil en sustitución de Dilma Rousseff, destituida por el Congreso, por una supuesta falta de naturaleza administrativa. Ese solo episodio indica que contra Lula se aplica la misma dosis venenosa.
La lucha contra la corrupción, que debería ser la más trascendente cruzada para impedir el enriquecimiento ilícito con dineros públicos, se ha convertido en un instrumento político empleado por grupos corporativos para degradar o denigrar figuras públicas progresistas o vinculadas con el cambio social.
Lula, un dirigente obrero, líder del Partido de los Trabajadores, alcanzo la presidencia de Brasil por vía del voto popular, cuya gestión de gobierno pudo sacar de la pobreza extrema y moderada a casi 40 millones de brasileños y convertido a esa nación en la séptima economía del mundo.
Una izquierda vergonzosa no se atreve hoy a defender a un auténtico líder de los trabajadores, la más genuina expresión del anhelo de millones de pobres y excluidos de alcanzar algún día la cima de la justicia social. Esa gente se viste hoy de lino y seda enganchada en el mismo tren en el que viajan los que pretenden crucificar a Lula.
En el Gobierno de Lula, Brasil escaló el liderazgo de las economías emergentes a través del Brichs, un esquema de relación que aglutino además a la Indias, Rusia, China y Sudáfrica, que puso en jaque al hegemonismo comercial, político y militar.
Las oligarquías continentales no le perdonan a Lula su liderazgo en la oposición al Tratado de Libre Comercio de las Américas, impulsado por Washington, ni sus iniciativas de concertar esquemas de relación comercial interamericanos y con Europa y China.
A Lula no lo quieren presos por corrupto, sino por su inminente retorno a la presidencia de Brasil, porque si fuera de otra manera, hoy ese país no tuviera el presidente que tiene y Dilma Rousseff hubiese concluido su gestión de Gobierno.
El liderazgo progresista de esta tierra insular debería verse en el espejo de la inmoral persecución política contra Inacio Lula, un esquema que se aplica para todo el continente, basado en la tesis de que en vez de matar con balas o de invadir a una nación, se asesinan moralmente a los líderes por vía de una impresionante maquinaria mediática, jueces y fiscales controlados por Wastsapp.


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