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Por sólo citar un caso, si se observa detenidamente el descalabro institucional y el abuso contra la mujer dominicana; se habría de concluir en que persiste una extraña coincidencia entre nuestras políticas públicas, y las relaciones de parejas en muchos hogares de nuestro conglomerado.
Mientras en nuestros estamentos -refiriéndonos al sector público- los funcionarios quieren eternizarse como si los heredaran, de igual modo hay hogares en que los hombres entienden que las mujeres son un objeto de su propiedad. Es decir que, aunque con diferentes motivaciones, hay un punto común.
Con la diferencia de que los últimos no necesariamente tienen que tener activismo político-partidario. Pero ambos abusan; unos desde el Estado, y otros en el entorno de su hogar.
Hay una cuasi relativa proporción entre lo frecuente conque mandatarios, funcionarios, legisladores y demás se apropian de lo institucional incurriendo en todo tipo de artimañas y corrupción y el individuo que, en muchos casos, mantiene a la mujer bajo su férula y termina matándola y atomizando el hogar.
El vertiginoso crecimiento de los feminicidios y nuestro afán de perpetuarnos en el poder, de grosso modo, indica que entre nosotros hay una tendencia a lo dictatorial, autoritarismos, e imposiciones funestas. Y no creemos que sea trujillismo. El mérito del dictador fue que, astutamente, supo aplicar lo que es nuestra sempiterna conducta.
No sería un tremendismo el entender que subyace una intrincada conexión entre el hombre que abusa de la mujer dominicana y el otro que, con el latrocinio y otros desmanes, conculca los derechos del pueblo dominicano. Ambos, aunque parezcan distantes en su accionar, mantienen a la ciudadanía en zozobra.
Si se parte de esa premisa podría entreverse que, mientras no haya tolerancia y persista un buen número de “patos machos” entre los dominicanos, tampoco habrá en el país la aplicación de idóneas políticas públicas. En verdad, sintomática correlación entre un asunto y otro.
Y tal parece que en República Dominicana todavía estamos inmersos en la época de la montonera y el caudillismo.
Hace falta una profunda revolución cultural para que en nuestros hogares haya armonía y se respete y valore a la mujer dominicana; así como para que también tengamos una esplendente gobernanza colmada de justicia y equidad. Así de simple.


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