Un cambio de raíz, sin dejar partes convenientes

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Hombres y mujeres somos víctimas de una tradición, de una crianza que nos entrega un papel a cumplir, sin discusión. Hombres y mujeres sufrimos y sacamos ventaja a esta realidad insana que nos destruye y beneficia.

Cuántas  féminas, incluidas algunas que convocan  a otras a empoderarse, sufren maltratos, vejaciones de sus parejas, llevan la mayor carga económica y moral en el hogar, aunque ganen menos y  callan por temor o vergüenza y porque el  espectáculo debe continuar.

Cuántos hombres criados para ser fuertes, para tener el control, sin saber que esto también los convierte en atormentados, igual que el papel de proveedor a ejercer desde que cortejan a la dama-porque si no suelta, no es buen prospecto-

En los casos de violencia,  al agresor no ayuda pensarlo, retratarlo como monstruo. Es obvio que una persona que mata a otra y acaba luego con su propia vida no está en sus cabales y esa parte es la que esta sociedad enferma debe evitar.

Requiere estrategias fundamentales desde la niñez,  el fomento del buen trato entre niños y niñas, respeto, consideración de ambos lados, forjar autoestima.

Un individuo que necesita tanto a otro, al punto de dañarlo y dañarse es dependiente, débil, enfermo. Lo mismo que la mujer que soporta ese círculo maldito y la ayuda debe llegar antes de que lastimen y sean lastimados  por sus propios actos.

Los hombres violentos encarcelados reciben tratamiento para manejar la ira pero si ese programa empezara desde antes con esos varones con dificultades para  volcar su temperamento en razones positivas, cuántas lagrimas evitadas.

La familia, la comunidad,  las iglesias, el Estado están compelidos a actuar, a fortalecer las bases de una humanidad más tendente hacia el amor propio, la tolerancia, el respeto, la decencia…

Juntos debemos combatir un sistema que nos aniquila y para esto desarraigar todas sus partes, sin dejar aquellas que nos convienen. Empezar por la casa con orientación apropiada a los hijos, sembrar esa semilla en el barrio y convertirnos en multiplicadores de gran alcance.

Esta no es una fantasía imposible ni requiere gran inversión de tiempo y/o dinero. Es realizable desde el seno familiar y extensible a la comunidad. La mejor prédica es la del ejemplo.

El primer ejercicio ha de ser de honestidad.  Las mujeres no podemos criticar  solo las partes del machismo que no nos benefician.

Sí, es más que aquello de que el feminismo termina a la hora de pagar la cuenta. Abarca mayores campos. Por ejemplo,  el recibir obsequios de un pretendiente aunque no nos interese e incluso allantar para seguir con ese disfrute. Nuestras hijas deben tenerlo claro y cortar esas y otras situaciones de raíz.

En nombre de una igualdad real.

of-am

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