“El peligro no comienza cuando un político miente; comienza cuando millones le creen” (Hannah Arendt)
El sociólogo francés Alain Touraine se preguntaba si los seres humanos podremos vivir juntos. Hoy, la intolerancia en el debate político nacional configura un toque maligno, que alienta una guerra no declarada, impregna el ambiente político y asfixia la solidaridad, la compasión y hasta la identidad moral, debilitando la autoestima política y la valoración de sí mismo como ciudadano digno.
Baltasar Porras advirtió: “El aliento maligno de la guerra mata la verdad, vive de las mentiras y las infamias, como si las hordas atacaran las iglesias”. Esa sombra se proyecta sobre los tres partidos mayoritarios —PRM, Fuerza del Pueblo y PLD—, donde las ambiciones personales de sus dirigentes han desatado crisis internas. Los ex presidentes, al concluir sus mandatos, conservan un capital político que acapara la atención de militantes y simpatizantes, pretendiendo perpetuarse como líderes indiscutibles y exigir lealtades que hipotecan la autonomía de sus partidos.
Las aspiraciones de Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina, cada uno con sus candidatos favoritos, amenazan con provocar una guerra intestina. No será una contienda ideológica, sino una subasta de clientelismo político, donde la pregunta será: “¿Quién da más?”. Esa lógica bélica degrada la política, rebaja el nivel moral de todos los contrincantes y convierte la lucha por candidaturas en un campo de desgaste económico y ético.
Jonathan Glober recuerda que en la Navidad de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, soldados alemanes y franceses, enemigos jurados, salieron de sus trincheras para jugar juntos al fútbol. Ese gesto demuestra que sí podemos vivir juntos, siempre que prevalezca el respeto mínimo a las reglas de convivencia. Los actuales “enemigos jurados” dentro de los partidos deben aprender de esa lección: evitar que la ambición personal fracture aún más las organizaciones políticas.

Porque cuando la política se convierte en guerra, la nación entera paga el precio. Y si los partidos no frenan el toque bélico de sus líderes, corren el riesgo de arrastrar al país hacia una espiral de división y descrédito institucional que, tarde o temprano, terminará por devorar la democracia misma.
Advertencia final
Cuando los partidos se convierten en trincheras de guerra por ambiciones personales, violan ese mandato constitucional y traicionan su deber institucional. La lucha interna no puede ser un campo de batalla que erosione la legalidad y la confianza ciudadana. La historia recuerda las divisiones sufridas por estas tres organizaciones mayoritarias, son un desprendimiento de la crisis generada por diferencias ideológicas en la dirección del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), fundado en la Habana Cuba, en 1939.
Si los líderes insisten en imponer un toque bélico dentro de sus organizaciones, no solo arrastrarán a sus partidos hacia la división, sino que pondrán en riesgo la estabilidad democrática del país. Y cuando la Constitución se convierte en papel mojado, la democracia deja de ser un pacto de convivencia para transformarse en botín de facciones. ¿Por las ambiciones de algunos aspirantes, se fraccionaran nuevamente las tres organizaciones?


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