POR JOSE J. NORBERTO
Crecí en un barrio de San Cristóbal donde los vecinos eran como familia y se trataban como tal.
Al cruzar la calle vivía una legendaria y respetada pareja, ya avanzados de edad, Don José Pimentel y su esposa Doña Venecia Boves. Fue en esa casa donde yo aprendí que había ciertas reglas para comer en una mesa: protocolo. Hasta ese entonces para mí, comer decentemente significaba no hacer mucho reguero en la mesa.
Entre la edad de 5 a 10 años se estableció una gran amistad con Francisquito, quien era bisnieto de Don José y Doña Venecia. Nuestro amiguito de la capital, Francisquito, visitaba a sus bisabuelos los fines de semana y fácilmente se pasaba las vacaciones de verano allá. Por lo que se hizo rutina que Francisquito se pasará la mayor parte del tiempo jugando con nosotros los hijos de Reyito y Gradia.
Con las visitas de Frank también se hizo rutina que nos invitaran a comer en casa de Doña Venecia y es allí donde empiezo a conocer que había formas de cortar la carne. Hasta ese momento, en mi casa nos la cortaban en pedazos pequeños.
Debo admitir que me encantaba la comida en la casa de Doña Venecia, además que había algo que daban al final llamado “postre”. Por otra parte, me sentía presionado con el uso correcto del tenedor y cuchillo.
Recuerdo que un día, no corté la carne pequeña y tragué un trozo más grande de lo que yo podía masticar a esa edad. Era un bistec de calidad . Pues bien, se me secó el pedazo de carne en la boca y no lo podía tragar pero también tenía temor de expulsarlo ya que no quería quedar mal ante mi profesora de buenos modales en la mesa.
En un momento ya de varios minutos, estaba desesperado y esperaba el momento adecuado para sacarlo de mi boca, ya que estaba atorado!
Cuando la Doña se va a la cocina, echo el pedazo de carne en mi mano y la mantengo debajo de la mesa. Pero entonces tuve que seguir comiendo con la otra mano solamente. Me di cuenta que para partir la carne necesitaba las dos manos, pues para liberar la mano tuve que echarme ese pedazo de carne dentro de la camisa, ya que no tenía bolsillo .
Mientras que, en el otro extremo de la mesa, Don José Pimentel se reía de las cosas que yo estaba haciendo para salir bien de la situación
Ese día me di cuenta que me expuse a una potencial asfixia solo porque no quería quedar mal y pasar vergüenza con Doña Venecia. Gracias a mi Ángel de la Guardia que me dio la idea de echar la carne dentro de mi camisa.
JPM


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