POR SAMUEL AVILA
El cierre de la embajada de Nicaragua en Santo Domingo y la retirada definitiva de su misión diplomática culminan el deterioro acelerado de unos vínculos bilaterales formalizados en 1949. Tras más de 77 años de intercambios diplomáticos, comerciales e institucionales, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha optado por cortar las vías oficiales con la República Dominicana.
La medida coloca el sello final a una crisis desatada por las contundentes condenas del Gobierno dominicano frente a las violaciones a los principios democráticos en la nación centroamericana.
Desde el punto de vista de la política exterior y la diplomacia, la postura adoptada por la Cancillería dominicana representa un ejercicio de coherencia histórica e institucional. Al cuestionar abiertamente el desmantelamiento del sistema electoral nicaragüense y el viraje autocrático en Managua, Santo Domingo dejó claro que los compromisos asumidos en el marco de la Carta Democrática Interamericana no son meras fórmulas retóricas.
Apelar al valor de la democracia como condición indispensable para la convivencia regional implica asumir costos; el repliegue diplomático dispuesto por Managua es el precio que paga el país por rehusarse a ser cómplice silencioso.
Las implicaciones geoeconómicas y multilaterales del quiebre son profundas:
Erosión del SICA y DR-CAFTA: Ambos Estados comparten espacios de integración en el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y el marco del tratado de libre comercio regional. La parálisis del diálogo bilateral distorsiona la agenda común de facilitación de comercio, seguridad fronteriza regional e iniciativas de cooperación multilateral.
Cohesión hemisférica comprometida: La ruptura de puentes entre un socio caribeño con fuerte alineamiento democrático y un régimen que se repliega en esquemas autoritarios profundiza la fragmentación ideológica en la cuenca del Caribe y Centroamérica.
Un mensaje para el concierto internacional En materia de relaciones internacionales y geopolítica, el desenlace reafirma la metamorfosis de la diplomacia dominicana, que ha pasado de la neutralidad pasiva a una posición proactiva en defensa de los valores republicanos en el continente.
Santo Domingo demuestra que casi ocho décadas de relación institucional no justifican el desdén por los derechos fundamentales. El cierre de la legación diplomática no es una derrota para la República Dominicana, sino la constatación inevitable de que no se puede mantener un canal formal fluido con un gobierno que ha decidido marginarse del orden democrático internacional.
jpm-am

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