República Dominicana y Haití: Una vecindad que debe aprender vivir en paz

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POR RAFAEL PASIAN

¿Qué sucede cuando un partido de fútbol deja de ser un encuentro deportivo y se convierte en una excusa para despertar viejos resentimientos? ¿Cómo defender nuestra patria sin despreciar la patria de otro? ¿Cómo exigir respeto sin perder nuestra humanidad?

Soy Rafael Pasian. Hoy quiero invitarlos a pensar con serenidad en la relación entre la República Dominicana y Haití. Una relación que debemos mirar con memoria histórica, responsabilidad y voluntad de paz.

El pasado 1 de octubre, Haití venció cuatro goles a uno a la República Dominicana en el Estadio Olímpico Félix Sánchez. Se reportaron desórdenes y daños en un acceso al recinto. Después, el Gobierno anunció que la selección haitiana no podría disputar nuevos partidos en instalaciones deportivas dominicanas.

Los daños deben investigarse. Quienes resulten responsables deben responder por sus actos. El patrimonio público pertenece al pueblo y merece protección.

Pero ningún incidente autoriza a convertir a millones de personas en culpables. La conducta de un grupo de aficionados no define el carácter de una nación.

También corresponde examinar la organización, los controles de entrada y las medidas de seguridad. Investigar todas las responsabilidades ayuda a prevenir nuevos incidentes. Una decisión sobre el uso de los estadios debe explicarse con criterios de seguridad, proporcionalidad y condiciones claras. Y debe dejar espacio para el diálogo.

El autor es ingeniero, escritor y educador dominicano. Reside en Nueva York.

No discutimos aquí quién debía ganar. En el fútbol, una victoria se celebra y una derrota se acepta. Lo que está en juego ahora es nuestra capacidad de actuar con justicia cuando se encienden las emociones.

Para comprender esta tensión, debemos retroceder en el tiempo.

Nuestros pueblos se formaron bajo sistemas coloniales distintos: el español en la parte oriental y el francés en la occidental. La esclavitud, la explotación y las jerarquías de color dejaron heridas profundas en la isla.

Haití conquistó su independencia en 1804, después de una revolución protagonizada por personas esclavizadas. Aquel triunfo tuvo una importancia extraordinaria para la historia de la libertad. Sin embargo, Francia le impuso en 1825 una indemnización que convirtió el reconocimiento de su independencia en una carga financiera duradera.

La historia dominicana también tiene sus heridas. Entre 1822 y 1844, la parte oriental estuvo bajo el gobierno haitiano. Ese período generó conflictos y resistencias que desembocaron en nuestra independencia el 27 de febrero de 1844.

La soberanía dominicana merece respeto pleno. El pueblo dominicano tiene derecho a conservar su Estado, su identidad y sus decisiones.

Pero el trabajador haitiano de hoy no es el gobierno de Boyer. El niño haitiano de hoy no participó en las guerras del siglo XIX. Heredar una memoria no significa heredar una culpa.

Y nuestra memoria debe incluir la matanza de 1937, ordenada por la dictadura de Trujillo, en la que fueron asesinados miles de haitianos. Reconocer ese crimen es una responsabilidad moral. Una sociedad que mira de frente sus heridas puede educar a sus hijos para que no las repitan.

La historia debe ayudarnos a comprender. Cuando la utilizamos para mantener vivo el odio, dejamos de aprender de ella.

Ahora bien, hablar de humanidad exige también hablar con franqueza sobre la migración.

Una inmigración numerosa, especialmente cuando ocurre por vías irregulares y sin planificación suficiente, puede aumentar las exigencias sobre hospitales, escuelas, viviendas y comunidades que ya enfrentan carencias. Las preocupaciones de las familias dominicanas merecen ser escuchadas.

También debemos distinguir las presiones que puede añadir la migración de las deficiencias que vienen de antes. No podemos explicar todos los problemas nacionales señalando al vecino más pobre.

La República Dominicana necesita una política migratoria seria: información actualizada, controles eficaces, procedimientos transparentes y una administración que respete la dignidad humana. No basta repetir cifras alarmantes sin indicar de dónde provienen, de qué año son o a quiénes incluyen.

Y hay una pregunta que pocas veces se formula con suficiente firmeza: ¿quién contrata al trabajador sin documentos? ¿Quién se beneficia de que tenga miedo de reclamar su salario? ¿Quién facilita el tráfico de personas o cobra para permitir un paso irregular?

La responsabilidad también alcanza a empleadores, intermediarios y funcionarios que convierten la vulnerabilidad humana en negocio.

Si queremos orden, debemos exigirlo en la frontera y en las empresas. Si queremos justicia laboral, debemos defender condiciones dignas para dominicanos y haitianos. Permitir que se explote a uno facilita que se rebajen los derechos del otro.

También hay que reconocer los aportes.

Los trabajadores haitianos participan en la agricultura y la construcción dominicanas. Su labor está presente en cosechas, viviendas y obras. Los estudios sobre inmigración han documentado esa presencia.

Ese aporte merece reconocimiento, salarios justos y protección frente al abuso. Y la dignidad de una persona va más allá de su utilidad económica: también merece respeto cuando enferma, envejece o no puede trabajar.

¿Y por qué tanta gente abandona Haití?

No existe una sola explicación. La crisis combina pobreza, debilidad institucional, inestabilidad política, violencia de grupos armados y falta de oportunidades. Tiene raíces históricas y responsabilidades contemporáneas, tanto internas como externas.

Las élites haitianas y sus dirigentes deben responder por sus decisiones. Las intervenciones extranjeras y las cargas impuestas desde fuera también forman parte de esa historia. Los desastres naturales han agravado una fragilidad que ya existía.

Pero ninguna explicación seria puede atribuir la crisis a una supuesta inferioridad del pueblo haitiano.

Una madre que huye de la violencia busca seguridad. Un joven que cruza para trabajar busca una posibilidad de vivir. Comprender esos motivos permite diseñar respuestas más realistas.

La República Dominicana no puede asumir sola la reconstrucción de Haití. La comunidad internacional debe contribuir de manera sostenida a la seguridad, las instituciones y las oportunidades en ese país, con participación de su población y respeto a su soberanía.

La estabilidad de Haití también importa a los dominicanos. Tener un vecino donde se pueda estudiar, trabajar y vivir con seguridad favorece la paz de toda la isla.

Las diferencias culturales requieren atención, no desprecio.

En nuestro país predomina el español; en Haití, el criollo haitiano, y el francés también es idioma oficial. Una barrera de idioma puede dificultar una consulta médica, una clase o la comprensión de una norma. Podemos atenderla con orientación, interpretación y aprendizaje de lenguas.

Nuestras costumbres y tradiciones tienen diferencias. También compartimos raíces africanas, experiencias caribeñas, vínculos comerciales y relaciones entre familias.

Ningún color de piel determina la honradez, la inteligencia o la capacidad de convivir. Cuando se utiliza la apariencia para sospechar de una persona o humillarla, el prejuicio termina alcanzando también a dominicanos negros y a dominicanos de ascendencia haitiana.

Defender nuestra cultura exige conocerla y educar en ella. El insulto no la fortalece.

Propongo que pasemos de la indignación a la responsabilidad.

Necesitamos diálogo permanente entre las autoridades, mecanismos para resolver conflictos fronterizos, cooperación contra el tráfico de personas y reglas laborales que se cumplan. Necesitamos fortalecer los servicios públicos en las comunidades que reciben mayor presión y exigir a los empleadores que asuman sus obligaciones.

Necesitamos periodistas, maestros y dirigentes que distingan hechos de rumores; que corrijan una provocación sin multiplicarla; que eviten convertir una nacionalidad en una acusación.

Y necesitamos encuentros culturales, académicos y deportivos organizados con seguridad y respeto. Cada intercambio bien llevado puede ayudar a que el vecino deje de ser una caricatura y vuelva a ser una persona.

A los dominicanos nos corresponde defender la soberanía con firmeza y actuar con justicia. A los haitianos les corresponde respetar las leyes, las instituciones y los bienes del país que los recibe. A ambos nos corresponde rechazar las provocaciones y cuidar la convivencia.

La amistad entre pueblos se construye con obligaciones recíprocas. La concertación requiere escuchar las preocupaciones del otro y buscar acuerdos que puedan cumplirse.

Después de aquel partido quedó una puerta dañada. Habrá que repararla y establecer responsabilidades. Pero también debemos cuidar algo que cuesta mucho más reconstruir: la confianza.

Los niños dominicanos y haitianos merecen crecer sin que les enseñemos a despreciarse antes de conocerse.

Tenemos dos Estados soberanos, dos historias y un futuro de vecindad que seguirá uniéndonos. Podemos organizar esa relación con inteligencia, respeto y cooperación.

Soy Rafael Pasian. Creo en una República Dominicana que se respete a sí misma y respete la dignidad ajena. Creo en un Haití donde su gente pueda vivir con seguridad y construir su porvenir.

Que la memoria nos haga responsables. Que la justicia nos haga firmes. Y que el amor a nuestra patria nos dé la madurez necesaria para vivir en paz con nuestros vecinos.

of-am

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