Rendición de los haitianos en febrero de 1844

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EL AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo.

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El trabucazo de Mella, la medianoche del 27 de febrero de 1844, fue el detonante de lo que tenía que ocurrir. El pueblo dominicano siempre ha  estado entre adversidades y triunfos. Por eso sus héroes, próceres y mártires han llenado páginas de gloria. En esa ocasión, contra todo pronóstico de los pesimistas de siempre, rompió las amarras que lo ataban al régimen opresor dirigido por extranjeros.

Eso necesitó el impulso de hateros y lanceros orientales, que en el Seibo representaban los hermanos Pedro y Ramón Santana, tal y como se comprueba por diversas fuentes documentales, incluyendo una carta de Juan Abril, comerciante catalán y confidente de los pocos gobernadores coloniales españoles que quedaban entonces en el Caribe.

La aludida misiva decía en parte así: “Desde el 20 de febrero se traslució aquí el movimiento que iba a haber, pero nada se puso en ejecución hasta no saber si la parte del Seybo se declararía, así permaneció hasta el 26 que al amanecer se tuvo noticia de que se aproximaban los Seybanos, y tan pronto como se supo salieron de aquí a su encuentro…” (Carta del 19 de marzo de 1844 de Juan Abril a los gobernadores españoles de Cuba y  Puerto Rico).

Después de los acontecimientos archiconocidos del Baluarte del Conde, con el enhiestamiento de la bandera tricolor y la marcha de decenas de milicianos dominicanos en son de guerra hacia las barracas militares haitianas cercanas, ocurrieron hechos que marcaron la historia nacional. En ese momento representantes de Francia, Inglaterra y España se movían con codicia imperial.

El 28 del referido febrero las autoridades haitianas que ilícitamente gobernaban a los dominicanos capitularon mediante un comunicado que contenía 10 artículos, el último de los cuales resumía su desazón: “Siendo la hora avanzada se ha convenido entre los comisionados abajo firmados de no hacer la entrega de la plaza sino el día de mañana, 29 de febrero, a las 8 de ella”. (Capitulación de la autoridad haitiana en Santo Domingo).

Acompañados de tropas independentistas salieron Remigio del Castillo hacia el este; Manuel Jimenes al sur;  Pedro Ramón de Mena al Cibao y a Monte Plata y Boyá Tomás Bobadilla, quien se devolvió de la ruta cuando el héroe Matías Moreno le hizo saber que los hombres de Bayaguana, Monte Plata y Boyá ya se desplazaban hacia Santo Domingo. Poco a poco todos los pueblos del país se fueron pronunciando en favor de la Independencia Nacional.

La hazaña febrerista trascendió en el mundo. Periódicos y revistas de América y Europa se hicieron eco de la cristalización del sentimiento patriótico de los dominicanos. Algunos de los lugares de la tierra en que la prensa se hizo eco del triunfo dominicanista fueron EE.UU., México, Francia, España e Italia. En algunos casos el contenido era confuso y los redactores demostraban su ignorancia sobre el tema tratado.

Un periódico de Nantes, en el oeste de Francia, publicó en la ocasión el siguiente texto: “…El 27 de febrero la ciudad de Santo Domingo se rebeló contra Haití. Después de un combate los haitianos se atrincheraron en el Arsenal donde fueron asediados por la población…Los rebeldes se han apoderado del Gobierno constituyéndose en república bajo el nombre de República Dominicana”. (Reproducido en Guerra-Dominico-Haitiana. Impresora Dominicana, 1957.Pp41 y 42. ERD).

Frente a las malsanas noticias (los haitianos retorciendo la realidad) de que se implantaría de nuevo la esclavitud en el país el primer órgano de gobierno de la República Dominicana (La Junta Gubernativa Provisional) tuvo que publicar el 1 de marzo de 1844 una declaración, en cuyo tercer párrafo quedó establecido sin ninguna anfibología lo siguiente:

“También declara: que la esclavitud ha desaparecido para siempre del territorio de la República Dominicana, y que el que propagare lo contrario, será considerado delincuente, perseguido y castigado si hubiera lugar”. Ocho días después ese mismo ente estatal le dijo al presidente de Haití que el pueblo dominicano “… se sacrificará en la defensa de sus derechos y que se reducirá a cenizas y escombros si sus opresores que se vanaglorian de libres y civilizados, nos quisieren imponer condiciones aún más duras que la muerte”.

El párrafo anterior permite pensar que alguien en la capital dominicana  evocaba a un grande de las letras universales: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte; los valientes sólo saborean la muerte una vez”. (Acto I, escena II del drama histórico Julio César. William Shakespeare).

El 17 de julio de 1844 se emitió un decreto cuyos dos únicos artículos resumían lo siguiente: “Los esclavos que pongan el pie en el territorio de la República Dominicana, serán considerados y tenidos como libres inmediatamente… y que quien trajera esclavos de África se consideraría pirata y se juzgaría con la pena de muerte. Puntualizaba en dicho texto que eso era un “tráfico vergonzoso e inhumano”.

En síntesis, lo ocurrido con el nacimiento de la R. D. lo explicó un politólogo y sacerdote inglés, experto en temas caribeños, al referirse a la historia rocambolesca de Haití: “El intento de reconquistar la parte oriental condujo a una contundente derrota militar. El Gobierno introdujo una nueva Constitución que era ultrademocrática en su forma, pero era mayoritariamente una fachada…” (De Dessalines a Duvalier. Edición dominicana SDB. 2021.P178. David Nicholls).

JPM

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