La paz deberá ser siempre preferida frente a la guerra. Por eso el mundo se ha alegrado de las certeras tentativas de retornar la paz a Colombia. La diplomacia cumplió su rol hasta lograr la firma de un tratado que involucró a 2,500 testigos, entre ellos 16 jefes de Estado y una alta representación del Vaticano.
Pero el dolor y el rencor han podido más que la diplomacia. Como resultado, el domingo dos de octubre, el 50.2 por ciento de los colombianos que concurrieron al plebiscito, votó contra el acuerdo de paz. Es leve mayoría, pero mayoría. El 49.7 expresó que sí quería el cese de las hostilidades, causantes de ocho millones de víctimas.
Los analistas y encuestadores no pudieron prever semejante comportamiento de un pueblo que se sabe hastiado de las atrocidades de la guerra entre las fuerzas militares regulares y las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, cuya condición de revolucionarias anda muy cuestionada.
Muchos colombianos llevan heridas profundas por causa de la guerrilla y en consecuencia se niegan a aceptar que sus miembros sean integrados mansamente a la vida ciudadana sin pagar por los delitos que se les atribuyen. Quizá por eso la mayoría del pueblo no acudió a la consulta. ¿Quieren la guerra quienes votaron por el NO?
“Colombia prefirió la guerra”, titulaba un diario el lunes pasado. Y cuesta esfuerzo intelectual y moral aceptar que un pueblo prefiera la guerra. Sobre todo uno que la ha sufrido en carne viva como la nación suramericana, a la que el conflicto le ha costado 260 mil vidas. La votación reveló la profunda división que atraviesa a esa nación.
Poco más de doce millones sufragaron, pero Colombia ronda los cincuenta millones de habitantes. Reportes de prensa indican que los pobladores del interior del país prefirieron rechazar los acuerdos, porque tienen más frescas las tropelías de las guerrillas, que han operado durante más de 50 años. Ahora Colombia se cubre de incertidumbre.
Las heridas de la guerra se encuentran en campesinos humildes despojados de bienes materiales, como en figuras descollantes de la vida colombiana. El expresidente Álvaro Uribe ha orquestado una recia oposición al tratado de paz. Es que en 1983 su padre, Alberto Uribe Sierra, fue asesinado cruelmente por las Farc. Y eso duele.
Se cuestiona que el Estado colombiano propicie un tipo de amnistía para la guerrilla. ¿Pero no es más valioso el logro de la paz para todo un pueblo? El resentimiento es un obstáculo para la concordia. Uribe Vélez tiene razones personales para sentirse incómodo con las Farc, pero el derecho de un pueblo a vivir en paz es primordial. Es esencial.
jpm


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