La política dominicana vive una enfermedad que no se detecta en laboratorios, pero que corroe silenciosamente el alma nacional: la infiltración del dinero sucio en los espacios del poder.
No se trata de un virus ni de una bacteria, sino de una contaminación más profunda: la de las conciencias. Narcos con discursos de progreso, riferos disfrazados de filántropos, lavadores con títulos de empresarios y testaferros con trajes de demócratas desfilan impunemente hacia las urnas, comprando legitimidad al mejor postor.
Lo más grave no es su presencia, sino la naturalidad con que los recibimos. Las instituciones los toleran, los partidos los promueven y una parte de la ciudadanía los aplaude. Hemos hecho del cinismo una costumbre, y de la corrupción, un paisaje.
Los partidos políticos, lejos de ser guardianes de la ética, se han convertido en puertas giratorias del poder económico. Las candidaturas se venden como mercancía, los filtros morales están rotos y las estructuras de control —esas que deberían proteger la democracia— funcionan como coladores dañados que dejan pasar al corrupto y retienen al ingenuo.
La política, que debería ser la ciencia del bien común, se ha transformado en un mercado de favores donde el dinero ilícito compra credenciales de decencia. Ya no hablamos de casos aislados: vivimos dentro de un sistema inmunodeficiente, una institucionalidad sin anticuerpos, incapaz de distinguir entre el servidor público y el servidor del crimen.
Las leyes existen, pero la ética no se legisla. Y mientras los organismos de control fingen ceguera o la venden al mejor postor, el país se hunde en una peligrosa resignación colectiva. La impunidad se ha vuelto rutina, y la esperanza, un lujo.
La pandemia de la corrupción no se cura con decretos ni con comisiones. Se combate con carácter, con instituciones que funcionen, con ciudadanos que no vendan su voto y con partidos que recuperen la vergüenza.
Porque, al final, el dinero sucio no solo compra conciencias: compra silencios, compra miedo, y termina comprando el futuro. Y un país que vende su futuro deja de ser una nación para convertirse en un negocio.
jpm-am


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