Basta que una mente afiebrada por la conquista del poder ejerza su influencia sobre el conglomerado, para que asome por el rescoldo de la historia, un posible dictador.
La bondad de los pueblos, o deseos de vivir en paz, tal vez, resulte el caldo de cultivo donde proliferan los males de la dictadura.
Detrás de cada déspota se esconde una triste verdad: víctimas de la intolerancia, extremistas ante la crítica ajena, pretenden además del sacrificio de los pueblos, que se les inmortalice, bajo la influencia de un poder omnímodo.
Sin libertad de expresión, sin libertad de culto, sin una educación esmerada, sin un gobierno que asegure la salud pública de sus súbditos, los pueblos padecen del mal de la alienación ciudadana, muerte prematura, el de la vejez a paso de camino, como un gato o un perro sin dueño.
La historia de la humanidad está plagada de acciones despóticas, desde la incineración en vivo del cacique Hatuey, atado a un madero, hasta la crucifixión de Cristo.
Los líderes y benefactores se han caracterizado por su romanticismo en favor de los marginados. No han tratado de obtener riquezas, han desdeñado las mieles del poder, a sabiendas de cuan perjudicial es la molicie y la perpetuidad en el trono.
Cuan enviados por la providencia, se han proyectado como héroes anónimos. Lo contrario de los déspotas, que se eternizan en la silla del poder, se violentan cuando se les contradice. Su exagerado histrionismo ante la multitud se origina de un arraigado complejo de inferioridad, lo cual los convierte en administradores de la administración feudal.
Los pueblos sometidos al despotismo y a la dictadura, una vez liberados, caen en el error del libertinaje. Inconscientes, reclaman a un caudillo que los someta a la mansedumbre de vivir bajo el estigma de la reprimenda y las limitaciones.
La colonización mental de América hispánica es un reflejo de la dictadura. Si no es a través de una mano férrea, tales pueblos desobecen las leyes u ordenanzas del gobierno.
No se portan bien, sino cuando se les obliga: son los atributos que exhiben las mentes colonizadas, de ahí que paguen las consecuencias bajo la presencia de una dictadura de turno.
Mientras les privan de sus derechos, mejor se comportan, mientras menos les reprimen, provocan el desorden.
Lamentable, pero debastadoramente cierto. Eh ahí donde se origina el batracio del despotismo, de una educación precaria sometida al pueblo y de un secuestro psicológico de sus mejores intenciones, por parte de un oportunista dictador.
jpm


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