Recientemente se ha desatado en Estados Unidos una secuencia de actos vandálicos contra las estatuas erigidas en honor a Cristóbal Colón, quizás ello se deba a una respuesta a la petición surgida hace tiempo en la ciudad de Nueva York en el sentido de eliminar la estatua erigida al histórico personaje, que se ubica en la rotonda de calle 59 y Broadway como atractivo turístico.
Los que reclaman la eliminación de la estatua aseguran que Colón impuso una variedad de injusticias a lo largo del hemisferio americano al inicio de la colonización. En lo particular soy de opinión que la historia ha cargado sobre los hombros de Cristóbal Colón una cuota de actos que posiblemente no le corresponden. Creo que, en su época, Colón fue un empleado al servicio de la realeza española, ni más ni menos. No es lo mismo ser contratista que mayoral.
Decir que Colón impuso las normas con las que operaba la colonización podría convertirnos en coparticipes de una calumnia mayúscula, la verdad fue que Colón nunca perteneció a la realeza, ni fue miembro de las cortes que junto a los reyes o las reinas tomaban las decisiones o tenían la última palabra en todo lo que se hacía dentro del imperio.
Es por ello que el escritor dominicano Enrique Aguiar, intelectual de amplia cultura cuya actividad literaria se verificó en la primera mitad del siglo 20, manifestó en su novela histórica “Don Cristóbal” el planteamiento siguiente:
“Cristóbal Colón, como todos los grandes predestinados, soportó las azarosas persecuciones de la adversidad.
Peregrinó de reino en reino mendigando el favor de las cortes europeas con la visión transatlántica en las pupilas y revelada a medias, para no provocar la burla de sus coetáneos. En consecuencia, Colón se dirigió inútilmente, primero, a la corte de Portugal; después, en el año 1884, a la de Inglaterra; de allí pasó otra vez a la de Italia y, por último, la de la reina Isabel, que había rechazado al principio sus proposiciones, y que finalmente las aceptó”.
En otra sentencia emitida por el genio de Enrique Aguiar sobre el Almirante, en otro episodio de su novela establece que: “Colón completó la redondez de la tierra, y más tarde se vio escarnecido por los mismos monarcas a los llenó de esplendor y riquezas. Sus amigos del descubrimiento le volvieron la espalda y de ellos recogió el tributo de sus desprecios, tan pronto como les ensanchó el camino de la fortuna”.
Es basado en esa tesis que pensamos que los que hoy levantan la voz y claman para que sean derribadas las estatuas de Colón, o los que a consecuencia las vandalizan, le atribuyen poderes que nunca tuvo, y decisiones que quizás jamás tomó, corren el riesgo de cometer las mismas injusticias que de un porrazo pretenden aliviar destruyendo las efigies.
Las recetas medievales no tienen cabida en un mundo de modernidad como el nuestro, lleno de conquistas sociales que han sido puestas al servicio de las mayorías en el universo.


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