OPINION: Obsolescencia del peso y de su banco

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EL AUTOR es economista y consultor. Reside en Santo Domingo.

Los mitos hacen más daño que bien. Un siniestro ejemplo es aquel que aquí entroniza la moneda nacional como símbolo indispensable de soberanía. Los sustentadores del mito han pregonado también la creencia de que la moneda es un alicate efectivo del desarrollo económico. Pero un somero examen de su administración por el Banco Central (BC) revela que aquí los resultados son perversos. Por el contrario, la existencia del peso y del BC tienden a ser una mayúscula retranca. Adoptar el dólar y el euro como reemplazo nos generaría un mejor desempeño económico.

La historia del peso dominicano comienza apenas en el 1947. Antes de eso y desde el desbarajuste que creó Lilis con la hemorrágica emisión de sus papeletas, la moneda de circulación nacional era el dólar estadounidense, un hecho que demuestra que la soberanía del país no depende de tener moneda propia. En los albores de nuestra independencia la moneda nacional sirvió esa causa, pero en ocasiones el pobre manejo monetario y la inestabilidad política causaron estragos económicos y sociales.

El manejo de la moneda durante el último decenio de la dictadura trujillista fue idóneo, pero ese manejo ha flaqueado mucho en la época postrujillista. Su esporádico mal manejo ha causado lacerantes cataclismos económicos y alimentado las malsanas prácticas financieras de los gobiernos. Tales conclusiones se derivan del examen de los roles de la moneda y su administrador. Los resultados llevan a pensar que lejos de apuntalar nuestra soberanía la moneda nacional ha contribuido a retardar el desarrollo económico y socavar la independencia financiera.

La política monetaria que define y administra el BC tiene la meta fundamental de lograr la estabilidad de precios en la economía. Debe proteger el poder adquisitivo de la moneda para que su devaluación no erosione el bienestar que producen los salarios y los demás ingresos de los agentes económicos. Aquí, sin embargo, los resultados han sido pobres, en el mejor de los casos, y catastróficos en algunas coyunturas de nuestro devenir económico.

El mejor ejemplo es el creciente déficit cuasi fiscal, es decir, la deuda acumulada por el BC al emitir certificados de depósitos al público, la cual hoy día sobrepasa el equivalente a los US$11,000 millones. Este recurso se ha usado como una operación de mercado abierto para controlar la oferta monetaria. Pero no se ha señalado que tener que recurrir a eso representa un alto costo de la ineficiencia de la programación monetaria. Si sobra circulante es porque la política monetaria ha sido ineficaz o incorrecta. Hay otras formas de retirar circulante sin vender esos certificados e incurrir en el pago de onerosos intereses.

El comportamiento de la inflación es otra manera de evidenciar la ineficacia de la política monetaria. Cuando la tasa promedio anual de la misma sobrepasa la internacional se debe concluir que no ha sido efectiva. Aquí esa tasa ha sido muy superior a la internacional en muchos de los últimos 50 años. El desastre de Baninter es el mejor ejemplo de un desbarajuste coyuntural, pero los largos años en que se controlaban las divisas están plagados de dañinos episodios inflacionarios que golpearon a los pobres inmisericordemente. No hay que olvidar que la inflación es el peor de los impuestos porque victimiza más a los pobres sin ingreso fijo. Y algunos economistas serios creen que las estadísticas del BC sobre la inflación tienden a ser maquilladas para aparentar un feliz desempeño.

A un deficiente manejo de la política monetaria se debe también que las autoridades bancentralianas pidan un aumento de los salarios al no poder evitar su erosión porque no han podido reducir la inflación. No es que el método de una lenta y pequeña devaluación del peso –como se ha venido aplicando en los últimos anos– no sea el método correcto, sino que el resto de las medidas para controlar la oferta monetaria no han sido las correctas.  De igual modo, tampoco pueden las autoridades afirmar que el desempleo abierto es de solo un 5%, cuando una más profunda evaluación –desocupados, subocupados, desalentados– lo elevaría a cerca de un 15%.

Los mitómanos defienden también la creencia de que tener moneda propia ayuda al crecimiento de las exportaciones. Su devaluación abarata nuestros bienes y servicios para el mercado externo y, por tanto, nos hace más competitivos. Pero independientemente de que ese recurso pueda tener esos resultados –como lo logra actualmente China—aquí la política monetaria ha fracasado en eso. Nuestras exportaciones han estado estancadas por décadas porque nuestro aparato productivo no es muy elástico y los recientes incrementos se deben más a la introducción de nuevos rubros de exportación que al manejo monetario.

Ni hablar de que el BC ha sido una bendición para el sistema bancario o para las finanzas públicas. Basta recordar los casos de Bancomercio y Baninter para percatarnos de que los redescuentos bancentralianos han causado dislocaciones económicas que han lacerado mas a la clase pobre que a ningún otro segmento poblacional. El manejo de la tasa de interés interbancaria, el encaje legal y los límites y direccionalidad del crédito que impone el BC han sido ocasionalmente usados también para favorecer intereses bancarios privados.

Asimismo, el manejo del sistema bancario se usa con frecuencia para apuntalar las finanzas públicas, estimulando así los déficits fiscales y el endeudamiento externo. Una reducción del encaje legal puede ser beneficiosa en ocasiones –como lo fue el pasado año frente a señales de recesión—pero también se baja el encaje legal cuando el gasto fiscal no esta estimulando adecuadamente la economía. Amén de que cuando las pérdidas del BC son cuantiosas y deben ser resarcidas por el gobierno, los pagos de este ultimo se hacen esperar o no se hacen, incumpliendo una ley existente al respecto.

La ineficiencia del BC podría atribuirse en parte a la subordinación de sus gobernadores al Poder Ejecutivo, a quienes la obediencia les evita perder su jugoso empleo. Por otro lado, el argumento de que existe una Junta Monetaria para equilibrar las medidas no es más que un burdo espejismo del mito. Sus miembros no solo son, por lo general, desconocedores de las ciencias económicas, sino que reciben groseros salarios actuando como sello gomígrafo de las medidas del gobernador de turno. Los empresarios que componen su membresía están ahí para beneficiarse del flujo de información y de los privilegios que logran extraer de su vinculación.

La nómina del BC de 2,500 empleados no es el costo más oneroso, a pesar de que los beneficios de la empleomanía superan por mucho los del sector privado. Tampoco importa mucho que sus ejecutivos se entretengan con un Departamento Cultural y un Museo de Numismática porque los finos vinos que se brindan en sus cocteles no cuestan tanto como los erróneos manejos de la política monetaria y crediticia. Pero convendría más que los recursos del BC no se usaran para usurpar el rol de las universidades ofreciendo cursos en línea. De lo que deben ocuparse es de trasladar a la ONE la responsabilidad por las Cuentas Nacionales y por las estadísticas turísticas, además de hacer más ágil y eficiente la labor del elefantiásico COPRA, un adefesio que se perpetua sin razón.

Pero esos desvaríos del BC no son la principal razón para defenestrar la moneda propia y eliminar la institución. Es que el estímulo al desarrollo económico seria enorme si elimináramos el peso y adoptáramos el dólar y el euro como monedas de curso legal. Solo la alineación de las tasas de interés con las prevalecientes en EEUU y/o Europa, así como de la inflación con la internacional, provocarían un incremento de las inversiones y se eliminaría el riesgo país. Los beneficios colaterales incluirían la reducción de los costos de las transacciones, mayor estabilidad de precios, mayor competencia en la banca, el crédito a largo plazo y una sinceración de la política fiscal.

La banca nacional no debe oponerse a la eliminación del peso aun cuando sus márgenes de intermediación podrían disminuirse. Compensaría el mayor volumen de operaciones que resulte del salto en el desarrollo económico, amén de que operaria en un ambiente de mayor certidumbre. Tampoco nuestra soberanía se vería afectada porque, además de que el volumen de transacciones de la economía en moneda extranjera es mucho mayor que en pesos, la creciente globalización, nuestra dependencia del turismo y las remesas y la emergencia de las monedas digitales aconsejan abandonar los viejos paradigmas de la soberanía monetaria. Y si no pregúntenle a Ecuador, San Salvador y Panamá que ya han dado el paso y están cosechando sus frutos.

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