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Es muy posible que la pasada sentencia 168-13 haya incidido de forma de tal, que estimule en República Dominicana a la que parece una sempiterna conducta de odio racial contra los dominicanos de ascendencia haitiana.
Y ese encono, al parecer, fue lo que motivo a un estudiante de 18 años de edad a golpear salvajemente a una jovencita de 15. Pero tal vez lo más penoso es que aunque las autoridades estén conscientes de esa situación, no hacen nada por conjurar el problema.
Un comentarista televisivo que vive en Bayaguana, Monte Plata, donde ocurrió el suceso en un plantel escolar, reveló que la joven, por sus orígenes haitianos, es acosada constantemente. Apostamos al que ese es un caso más. El padre de la víctima dijo que llegaría a las últimas consecuencias, porque ella también “es una persona”.
Las autoridades de República Dominicana, aunque sea por conveniencia, abiertamente, no practican el racismo. Pero sí puede afirmarse que hay asomos de mofa y discriminación racial contra los haitianos de origen dominicano, aunque nacidos con suficiencia legal en nuestro país.
Aunque nos oponemos a que nuestros vecinos invadan nuestro territorio, no se puede tolerar el maltrato a los que ya nacieron aquí y que por su status legal estudian en el país. Las autoridades que, como bien se sabe están conscientes de ello, deberían iniciar una campaña de concientización para evitar futuras agresiones.
Si las autoridades, torpemente, entienden que los organismos internacionales no toman en cuenta ese problema, están equivocados. Por ello, no resulta extraño el que la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) nos clasifique como uno de los países que viola los derechos humanos y del migrante.
Si es cierto lo que dijo el comunicador, quien sus revelaciones dijo que “sé muy bien que me van a desmentir” (una evidente resistencia a aceptar que se dan esos abusos); se podría decir que persiste la indiferencia y negligencia ante estos atropellos.
Discriminar y golpear a una joven nacida en el país y que va a la escuela, es una actitud condenable. Y más cuando la agresión viene de un país, en sus orígenes, de inmigrantes y que tiene casi dos millones de dominicanos en el exterior; con una gran mayoría residiendo en los Estados Unidos.
Si un hijo o nieto de nosotros nacido en esta urbe, fuera despreciado y vejado de esa forma, también sería un acto execrable.
Se podría argumentar que en el mismo Estados Unidos, se presentan esos casos. Pero ocurre que las autoridades estadounidenses, ante esas denuncias “no se hacen los locos”, como acontece en República Dominicana.
Estamos a la espera de que nuestras autoridades tomen medidas para evitar esos inconvenientes. Hay que educar a la población y liberar a nuestros jóvenes de esos resentimientos. De esa actitud racial y xenofóbica de la que sólo son víctimas “los pendejos”; humildes haitianitos nacidos en nuestro terruño.
JPM
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