Por ARACELIS CARVAJAL
NUEVA YORK.- En las esquinas de Nueva York, donde durante décadas una bodega ha sido mucho más que un negocio, hoy crece la incertidumbre. Para miles de dominicanos, estos pequeños establecimientos representan el sacrificio de toda una vida y el sustento de sus familias. El nuevo plan del alcalde Zohran Mamdani de impulsar cinco tiendas de comestibles administradas por la ciudad ha encendido las alarmas.
Nueva York cuenta con alrededor de 20,000 bodegas, y según estimaciones de asociaciones de comerciantes, aproximadamente 12,000 estarían en manos de dominicanos, con una presencia especialmente fuerte en El Bronx, Brooklyn y Manhattan. Washington Heights, conocido como uno de los grandes corazones de la diáspora, forma parte de esa historia de emprendimiento construida negocio por negocio, generación tras generación.
COMPETENCIA SUBSIDIADA
De acuerdo con lo anunciado por la Alcaldía, el plan contempla una inversión de $70 millones en costos de capital, con tiendas que ofrecerían productos esenciales hasta un 30% más baratos al cubrir la ciudad la renta y los impuestos. Las dos primeras sedes proyectadas son Hunts Point, en El Bronx, y La Marqueta, en East Harlem.
El reclamo de los bodegueros no es contra ayudar a las familias que enfrentan el alto costo de los alimentos. Lo que cuestionan es que la ciudad subsidie nuevos establecimientos mientras los negocios ya existentes deben enfrentar solos el aumento de los alquileres, los impuestos, los seguros y el costo de la mercancía.
SER PARTE DE LA SOLUCIÓN
Los comerciantes proponen una alternativa directa: utilizar parte de esos recursos para subsidiar productos en las bodegas que ya sirven a las comunidades. De esa manera, el consumidor recibiría alivio sin poner en riesgo la supervivencia de miles de pequeños comerciantes.
Desde la Alcaldía, la administración sostiene que estas tiendas no pretenden desplazar a las bodegas y que no venderán productos como cigarrillos, alcohol, boletos de lotería ni comida preparada.
Una bodega que cierra significa una familia que pierde su sustento, empleados que pierden su trabajo y un vecindario que pierde uno de sus puntos de encuentro. Detrás de cada mostrador hay historias de inmigrantes que llegaron con poco y apostaron sus ahorros para levantar un negocio que hoy forma parte de la identidad de Nueva York.
El debate plantea una pregunta central: ¿se puede ayudar al consumidor sin destruir al pequeño empresario? Los bodegueros dominicanos dicen que sí. No piden que se abandone la lucha contra los altos precios; piden ser parte de la solución.


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