Es la realidad cotidiana de la llamada Gran Manzana tan compleja como imponente y polifacética.
Hay de todo y para todos como en las viejas boticas en tiempo de nuestros ancestros.
Lo mejor y lo peor como nada falta en el alma humana para construir y destruir sin piedad ni límites.
Así se subsiste en esta selva de acero y concreto, saturada de ruidos y preñada de contrastes, en donde las andanzas no parecen generar cansancio y su destino luce no estar condicionado por el espacio y el tiempo.
Sus itinerantes y múltiples personajes pintorescos, golpeados por un imaginario irrealizable, arropados por harapos que emanan un hedor peor que el del excremento, contrastando con la policromía, las diversas formas y las edificantes y variadas esencias del original y atractivo contenido trazado por auténticos maestros callejeros de las artes visuales, teniendo como lienzos las mugrientas paredes y los angostos callejones de las hacinadas barriadas populares neoyorquinas.
Lacerados inmisericordemente por el opio, en variopintas mezclas letales que hacen proyectar siluetas de conmovedores zombies vivientes, engendrando pestilentes segregaciones salivares y proyectando miradas hacia el infinito, teniendo como aparente respuesta la conmiseración de quienes no pueden aportar más allá de la esperanza y están compelidos a subsistir en medio de la irresponsabilidad y la legitimación de representativos de una autoridad irresponsable y legitimadora de perversidades.
Como huellas indelebles pasa desapercibido, tal un oráculo de adoración al “Santo Jesús Malverde”, sin feligreses, montones de consumidores pulverizados por estupefacientes, que van dejando como evidencias irrefutables la acumulación de contaminantes jeringas, en los espacios citadinos menos esperados.
Concomitantemente a ese desgarrador escenario de sobrevivencia, continúan coexistiendo en donde pululan tarimas urbanas que permiten el doloroso sincretismo del sacrifico y la constancia en el trabajo, abrazándose con las diversas manifestaciones de la pobreza humana de un emigrante que carga en sus hombros el fardo irresistible y pesaroso de la faena diaria.
Y es que New York, ciudad plateada de candilejas, donde una penosa economía doméstica hace constantemente sus estragos, es un mundillo de altas y bajas, donde los gigantescos y encantadores escaparates nos hacen rendir ante su irresistibles ofertas para satisfacer el insaciable ego del consumo, unas veces estilando el copioso sudor del calor irresistible, y otras tantas, resistiendo las gélidas brisas del invierno que congela despiadadamente.
Es la metrópolis neoyorquina el espacio urbano, con tintes mágicos y encantadores que generalmente se tornan trágicos y melancólicos, en donde los sueños se conjugan con las pesadillas en ánimo de pretender reencontrarnos con la esencia y propósitos de vivir a plenitud.
Con sus vaivenes y sus diferentes matices, La Babel de Hierro, estigmatizada como la inmensa Capital del Mundo, como otros insisten en calificar, nos arrodilla a sus encantos y bemoles, y sin hiperbolización alguna, con sus bullicios, sus contaminantes y sus importes rascacielos, entre otras no menos válidas o preocupantes razones, es y seguirá siendo la realidad citadina que todos estamos llamados a conocer a fin de evitar sufrir en las engorrosas molestias que engendran las limitaciones de la embarazosa ceguera humana.
Antes de poner el punto final a esta perorata, sinceramente, permítanme apuntar que creemos quedarnos cortos…
jpm-am


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