Me angustiada el rumbo de la sociedad. Los antivalores la invaden por doquier. Los cambios son acelerados y la población no está preparada. Todo parece indicar que llegara un momento en que no existirán límites morales ni barreras geográficas que faciliten la organización de los pueblos y por tanto, los gobernantes serán inoperantes. Reinará la anarquía.
Cada día se aleja más la idea de hacer de la tierra un bello vergel, donde reine la armonía, el amor, el respeto. Es obvio que se radicalizan las diferencias entre los seres humanos. Surgen grupos equipados de valores radicalmente opuestos, que se enfrentan. Parecería que se acerca una gran batalla entre el bien y el mal. Los que presumen de modernos, reciben los desechos que salen por las cloacas de las grandes potencias. Estos penetran en las familias y destruyen su esencia.
En países como el nuestro podemos observar: las riquezas y medios de producción en mano de un grupito; la impunidad cubriendo los descarados; negocios entre dirigentes de partidos políticos, sin importarles el sentir del pueblo; la emigración desordenada, sin frontera, mezclando las culturas, aumentando las tensiones y malos entendidos; violencia e inseguridad; los infelices humillados, tratados como animales; líderes religiosos abandonando su misión y al servicio del mejor postor; el narcotráfico, la corrupción arropando la población; legalizan la unión entre personas del mismo sexo y el uso de las drogas; los intelectuales, quienes deberían contribuir para hacer un mundo mejor, negociando sus ideas y recursos intelectuales con políticos y empresarios, dejando sin rumbo la sociedad.
Ante este mar de antivalores, todas las instituciones se tambalean. Muchos de los llamados líderes han abandonado el barco, lo han dejado a la deriva o anclado en un puerto donde puedan preservar sus ambiciones personales.
¿Cómo detener esta avalancha contra la paz, que nos empuja hacia el abismo? Urge que surjan lideres en lo político, económico, social, religioso, que sean responsables, ¡valientes! con claras señales de ser defensores de la soberanía, del pueblo, quienes con firmeza y coraje, hagan un proyecto de nación donde converjan en la misión de un desarrollo armónico, equilibrado, humano. Necesitamos de dirigentes que pensando en el bien común, preserven los sanos valores y eleven el nivel de vida de toda la población, conduciéndola rumbo a la paz. Es la mejor herencia para nuestros hijos.


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