Las últimas encuestas políticas publicadas han dejado una señal que ya no puede ocultarse detrás de discursos triunfalistas ni aparatos propagandísticos: el oficialismo atraviesa un evidente proceso de desgaste y deterioro de su imagen pública.
Después de seis años de gobierno, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) ya no proyecta aquella imagen de fuerza arrolladora e invencible que utilizó para conquistar y retener el poder. Hoy luce golpeado por sus propios errores, atrapado entre promesas incumplidas, improvisaciones constantes, graves casos de corrupción, y un creciente desencanto social.
Y aunque algunos sectores opositores quizás todavía no logran dimensionar la magnitud del momento político que vive el país, la verdad es que el primer gran triunfo de la oposición ya ocurrió: desmontar políticamente al monstruo electoral que parecía imposible de derrotar.
Porque el verdadero poder del oficialismo nunca estuvo únicamente en la estructura del Estado ni en el manejo de los recursos públicos. Su mayor fortaleza era la percepción de invulnerabilidad que lograron construir, mediante un discurso, muy bien montado, de transparencia y combate a la corrupción.
Sin embargo, esa narrativa comenzó a derrumbarse frente a una realidad que la población vive todos los días: el alto costo de la vida, el deterioro de los servicios, la corrupción en su máxima expresión, la impunidad, la inseguridad, el sentimiento de abandono y la creciente frustración de miles de dominicanos que sienten que el gobierno perdió conexión con la realidad nacional.
Ante ese escenario, la oposición dominicana debe actuar con extrema prudencia en esta coyuntura. Debe entender que el país no atraviesa un momento para aventuras personales ni para guerras de egos. Este es un escenario que exige madurez, inteligencia y sentido de responsabilidad histórica.
Cada partido tiene derecho a fortalecer su proyecto, defender su liderazgo y trabajar para crecer electoralmente. Eso es parte natural de la democracia. Lo peligroso sería convertir a los demás sectores opositores en enemigos principales, mientras el oficialismo observa cómodamente cómo sus adversarios se destruyen entre sí.
Porque existe una verdad que la población dominicana difícilmente perdonaría a los partidos de la oposición: que, por intransigencia, odio, egoísmo, cálculos individuales o ambiciones particulares, terminen facilitando la continuidad del PRM en el poder.
La gente les podrá aceptar diferencias ideológicas, competencias electorales y confrontaciones normales dentro de la democracia. Lo que no aceptará jamás es que, teniendo la oportunidad histórica de producir un cambio político, la oposición desperdicie ese momento por incapacidad de actuar con sensatez.
Si el oficialismo lograra mantenerse en el poder en medio del desastre en la gestión de gobierno que hoy exhibe, no sería por méritos propios. Sería, más bien, por los errores de una oposición incapaz de comprender que en una eventual segunda vuelta el verdadero adversario no estaría dentro del bloque opositor, sino en el Palacio Nacional.
Por eso resulta indispensable que desde ahora comience a construirse una cultura de entendimiento político mínimo entre las fuerzas opositoras. No necesariamente una alianza formal ni acuerdos artificiales, sino un compromiso democrático elemental: quien no logre pasar a la segunda vuelta debe tener la madurez de respaldar al que sí lo consiga.
Ese simple gesto de sensatez podría definir el futuro político del país, en procura del bienestar del pueblo.
Porque la sociedad dominicana parece haber enviado ya un mensaje claro: el oficialismo puede ser derrotado. Pero ahora la gran pregunta es si la oposición tendrá la inteligencia suficiente para no rescatar, con sus propios errores, a un gobierno que la gran mayoría de la población considera agotado.
La historia política suele ser cruel con quienes desperdician oportunidades excepcionales. Y quizás la peor condena que podría recibir la oposición dominicana sería quedar marcada como responsable indirecta de prolongar un modelo de gobierno que gran parte del país ya comenzó a rechazar.


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