Por YANTE GIRON
En la República Dominicana, la noche deja al descubierto una realidad ignorada. Muchas calles quedan mal iluminadas o totalmente a oscuras. La falta de luz no es casual ni aislada; es un problema constante que afecta directamente la seguridad ciudadana.
En algunos lugares hay lámparas instaladas, pero no son suficientes para iluminar la vía. La luz es débil, mal distribuida y poco funcional. La calle sigue siendo peligrosa, aunque exista la falsa idea de que está iluminada.
La iluminación incompleta genera una sensación engañosa de control. Ver a medias no protege. Conductores y peatones avanzan con incertidumbre, expuestos a accidentes y situaciones evitables.
En otras zonas la situación es aún más crítica. No hay lámparas en absoluto. Calles enteras quedan sumergidas en la oscuridad, la visibilidad desaparece por completo y el peligro aumenta.
Esta realidad se extiende tanto a avenidas principales como a calles secundarias. No es un problema de un solo sector. Es una situación generalizada que afecta a gran parte del territorio.
Las circunvalaciones fueron creadas para facilitar la vida del ciudadano, reducir tiempos de desplazamiento y mejorar la movilidad. Durante el día cumplen su función. Sin embargo, al llegar la noche, la historia cambia.
La falta de iluminación adecuada las convierte en rutas de alto riesgo. La oscuridad borra señales, referencias y márgenes de seguridad. El tránsito se vuelve tenso y el caos reemplaza la fluidez para las que fueron diseñadas.
Barrios vulnerables y zonas de prestigio comparten el mismo problema. La oscuridad no distingue niveles sociales. Calles principales y vías internas lo sufren por igual, y la inseguridad se extiende.
No se trata de embellecer ciudades ni de estética urbana. Se trata de proteger vidas. Una iluminación adecuada reduce accidentes, previene hechos lamentables y genera sensación de orden.
Hoy existen soluciones accesibles y sostenibles. Lámparas solares con carga propia funcionan sin necesidad de electricidad constante ni grandes costos de mantenimiento. La tecnología está disponible.
El argumento de la falta de recursos pierde peso frente a estas alternativas. Lo que se necesita es planificación, prioridad y acción sostenida.
Un país que aspira al desarrollo no puede normalizar calles a oscuras. La modernidad también se mide de noche. La seguridad empieza por lo básico, y la luz es parte de ello.
Iluminar correctamente es asumir responsabilidad social. Es pensar en quien transita cada día, en quien trabaja hasta tarde y en quien regresa a casa.
La oscuridad no debe convertirse en costumbre. Normalizarla es aceptar el riesgo. La luz no es un lujo; es una necesidad urgente y un compromiso con la seguridad ciudadana.
jpm-am

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