Todo gobierno nace con una promesa. No solo de gestión, sino de afecto. En sus primeras etapas, el poder se vive como enamoramiento: hay esperanza, ilusión, confianza. Pero como advirtió Gedeón Santos en Listín Diario (16/01/2016), toda administración transita por una curva emocional: del entusiasmo inicial a la rutina, y de esta, si no se corrige, a la decepción.
Esa curva no es una metáfora romántica: es una radiografía política. El poder, como el amor, exige renovación constante. Y cuando se ejerce sin propósito ni afecto, se convierte en un vínculo roto.
El desgaste no es destino: es abandono
El tiempo no derrota al poder: lo revela. Lo desnuda. Lo confronta. La rutina no es enemiga del gobierno; lo es la negligencia que la convierte en norma. La decepción no es inevitable; lo es la persistencia en el error. Cuando la gestión se vuelve mecánica, cuando la administración se reduce a cifras sin rostro, el vínculo con la ciudadanía se erosiona. El gobierno deja de ser interlocutor y se convierte en ruido.
La pérdida del poder no ocurre por conspiración ni por traición popular. Ocurre por abandono. Por soberbia. Por la incapacidad de reconocer que el afecto político también se desgasta si no se cuida.
Síntomas del desgaste: entre la ley y la frustración

Aunque el gobierno inició con una cruzada anticorrupción, varios escándalos han salpicado a figuras cercanas al poder. Se han denunciado vínculos con el narcotráfico, lavado de activos y financiamiento irregular de campañas. La percepción de que algunos casos se judicializan con rapidez mientras otros se dilatan ha generado sospechas de selectividad política.
A esto se suma la crisis migratoria, con ciudadanos haitianos pernoctando irregularmente en el país, ocupando espacios en hospitales y escuelas públicas. La gestión de estas tensiones ha sido interpretada por muchos como débil, reactiva y poco transparente.
Llamado al presidente: preservar el legado, no sucumbir al desgaste
Luis Abinader, usted fue reelegido con amplio respaldo popular y con una gestión reconocida por su compromiso institucional. Ha declarado públicamente: “No volveré a ser candidato… Es mi palabra, es mi compromiso y será parte de mi legado.”
Ese legado no se mide solo por la renuncia al poder, sino por lo que se hace mientras se lo ejerce. Si el PRM aspira a continuar en el poder más allá de su mandato, su administración debe concluir con una gestión ejemplar. No basta con no volver: hay que dejar algo que valga la pena continuar. La historia no premia la intención, sino la consecuencia.
El poder que se pierde no se extravía: se abandona. Se deja caer por omisión, por soberbia, por rutina. Y cuando cae, no lo hace solo el gobierno. Cae también su partido y la esperanza que lo sostuvo, la ética que lo justificó, la historia que lo soñó.
Conclusión: el poder que se pierde no se extravía, se abandona
La curva del poder no es una línea inevitable, sino una advertencia. Cada etapa —enamoramiento, rutina, decepción— corresponde a decisiones concretas, a gestos que construyen o destruyen confianza. Y cuando el gobierno deja de escuchar, deja de existir. Cuando se administra sin propósito, se gobierna sin alma.


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