Por RAFAEL ACEVEDO PEREZ
Recuerdo que en mi pueblo había un solo individuo del que se decía ser homosexual, y que los muchachitos íbamos a tirarle piedras al techo de su casa cuando no teníamos otra entretención.
Alguna vez lo hicimos también a una iglesia de “convertidos”, de quienes se decía que eran unos “perros vestidos”.
Ya en la juventud plena, nos percatamos de que alguno que otro afeminado solía hacerse amigo de las muchachas más atractivas.
Eran muy pocos, asistían igualmente a la escuela, estaban en las fiestas, a menudo eran los organizadores y ayudaban a las festejadas a escoger invitados; y que sabían favorecer o desfavorecer a los pretendientes de las muchachas.
Ocasionalmente parecían actuar como si fuesen “de la secreta”, pudiendo hacerte daño sin que se supiese quien había sido. Aprendimos, pues, desde temprana adolescencia que no era inteligente maltratarlos ni enemistarse con ellos.
Solían ser individuos estudiosos y con muchas habilidades. Eran propensos a migrar a las ciudades más grandes, como Santiago y la Capital, donde disfrutaban de cierto anonimato y de ambientes más liberales, como los de artistas e intelectuales y ciertos ambientes bohemios. Una tendencia mundial que ha sido parte considerable de la prosperidad y fama de muchas ciudades, como París y San Francisco de California.
En los tempranos 70, siendo jóvenes profesores de la Madre y Maestra, en Santiago, tuvimos colegas homosexuales muy queridos y respetados. Nunca nadie se quejó, ni se “propasó”, ni hubo discriminación, bulín, ni nada parecido: eran colegas y amigos igualmente apreciados a quienes nadie jamás trató siquiera con desdén o ironía, y a quienes recordamos con cariño y profundo respeto.
Los años y los cambios han traído la vida en pareja de homosexuales, lo cual no debe tener la oposición de nadie. A esa unión consensual legalizada no debe llamarse “matrimonio”, puesto que dicho término conviene preservarlo para la pareja hombre y mujer que tiene propósito de procrear familia; siendo la relación matrimonial una manera legal de proteger y honrar la maternidad y la madre, palabras de donde viene la palabra matrimonio; con todas las implicaciones de compromiso, fidelidad, sometimiento, padecimientos durante el embarazo, y la enorme tarea y responsabilidad de ser madre durante toda la vida.
Debe buscarse otro término para la pareja homosexual, que no cree confusión ni toque las bases morales y espirituales de esta institución con que se ha edificado nuestra sociedad.
Tampoco parece totalmente correcto servirse de la ayuda de agrupaciones extranjeras con intereses que no son los de las mayorías dominicanas; ni crear confusión mediante el uso equívoco de términos cuyas raíces significan otra cosa: como llamar “homofobia” (odio o rechazo a los hombres), cuando en realidad suele tratarse de no aceptar determinados propósitos de organizaciones homosexuales, o confusiones morales o legales que podría traer la legalización de determinados comportamientos asociados a la homosexualidad.
Los seres humanos tienen derecho a hacer lo que les plazca con sus vidas. Pero es preciso respetar determinados vocablos y pautas culturales para evitar confusiones que pueden traernos dificultades en cuanto vivir civilizada y ordenadamente
JPM-AM


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