La inmolación de Mohamed Bouazizi, tras sufrir abusos y humillaciones de la policía local mientras buscaba el sustento de su familia, fue la chispa que encendió un fuego feroz. Lo que parecía un hecho aislado derivó en protestas masivas en varios países de Oriente Medio y provocó la caída de gobiernos en Túnez, Egipto, Libia y Yemen. A ese proceso se le conoció como la Primavera Árabe.
Aunque Irán no es un país árabe, sino persa, está ubicado en Oriente Medio, y la Primavera Árabe sirve como referente para comprender cómo una protesta aparentemente menor puede escalar hasta escenarios de ingobernabilidad, caída de regímenes e incluso guerras civiles.
Entre 2017 y 2018 se registraron revueltas en Irán por la alta inflación, y en 2019 por el aumento del precio de la gasolina. No obstante, esas protestas difieren de las actuales en un punto clave: hoy se exige abiertamente la caída del régimen, en referencia directa al líder supremo Alí Jameneí, quien asumió el cargo en 1989, tras la muerte del ayatolá Ruhollah Jomeini. El escenario actual presenta matices similares a los acontecimientos que crearon las condiciones para la Revolución Islámica de 1979: desgaste de la dirigencia y un profundo descontento de una población joven que no respalda la forma en que el clero chií gobierna el país.

Jameneí había mantenido hasta cierto punto una actitud pasiva frente a las manifestaciones, e incluso en algunos momentos se mostró receptivo. Sin embargo, recientemente varias protestas se tornaron mortales tras enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.
Ante este contexto, el expresidente estadounidense Donald Trump publicó un mensaje en redes sociales advirtiendo que, si Irán reprimía violentamente a manifestantes pacíficos, Estados Unidos acudiría en su auxilio. Como respuesta, el jefe de seguridad nacional de Irán afirmó que cualquier interferencia estadounidense provocaría “perturbaciones en toda la región y la destrucción de intereses estadounidenses”.
En síntesis, el panorama iraní se torna cada vez más complejo. A las manifestaciones masivas (que con el paso de los días se han ido extendiendo) se suma una inflación cercana al 42 % en los últimos doce meses, agravada por las sanciones internacionales. El deterioro económico también está vinculado a recientes enfrentamientos y tensiones militares con Estados Unidos, que han afectado infraestructuras estratégicas y han debilitado aún más la economía iraní, pese a que el país llevaba años preparándose para escenarios de alta confrontación.
Estados Unidos e Israel se mantienen atentos a los acontecimientos internos de Irán e influyen en el discurso internacional sobre las protestas, conscientes de que una intervención militar directa podría resultar costosa y poco rentable, como ya ocurrió en Irak en 2003 y en Libia en 2011.
jpm-am


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