La gestión de Barack Obama respecto a Irán estuvo definida por un histórico acercamiento diplomático, pero también por severas sanciones y tensiones regionales. Su estrategia combinó presión económica y negociación directa para contener el programa nuclear iraní. El resultado fue el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), firmado en julio de 2015, mediante el cual Irán limitaba su enriquecimiento de uranio a cambio de un alivio gradual de sanciones.
La devolución de activos congelados desde 1979 fue interpretada por críticos como un “pago de rescate”, mientras aliados como Israel y Arabia Saudí denunciaban que el pacto ignoraba la expansión regional de Teherán en Siria y Yemen.
Durante este período, Irán amenazó en varias ocasiones con cerrar el Estrecho de Ormuz, arteria vital del comercio mundial de petróleo, como respuesta a las sanciones y a la presión militar estadounidense. La sombra de un bloqueo en esa ruta estratégica se convirtió en un recordatorio constante de la fragilidad del equilibrio regional.
El primer mandato de Donald Trump representó un giro radical. En mayo de 2018, bajo la presión de Israel y Arabia Saudí, anunció la retirada de Estados Unidos del JCPOA, calificándolo de “desastroso”. Irán respondió con amenazas de reanudar el enriquecimiento sin límites y, gradualmente, comenzó a incumplir las restricciones pactadas. La retórica se intensificó y las sanciones se multiplicaron, re-instalando un clima de confrontación que debilitó la diplomacia y reforzó la desconfianza mutua.
En ambos gobiernos, las tensiones se alimentaron también de informaciones falsas y manipuladas por aliados de Israel, que sirvieron de base para justificar sanciones y acciones militares. Casos como la invasión de Irak en 2003 —sustentada en acusaciones de armas de destrucción masiva nunca comprobadas— y la intervención contra Muamar Gadafi en Libia, se convirtieron en precedentes de cómo la desinformación podía desencadenar crisis internacionales y reforzar la narrativa de amenaza iraní.

Tras la firma del acuerdo nuclear en 2015, el mundo vivió un respiro diplomático: Irán cumplía con las inspecciones de la AIEA, las tensiones nucleares se redujeron y Europa celebraba el pacto como triunfo de la diplomacia. Sin embargo, la calma fue relativa:
Pero surge inevitablemente una pregunta: ¿cuál es el compromiso de Estados Unidos con Israel que ha provocado tantas crisis en el Medio Oriente?. Washington respalda a Tel Aviv incluso cuando se niega a ser inspeccionada por el AIEA respecto al enriquecimiento de uranio y al incumplimiento de resoluciones de la ONU y del Consejo de Seguridad. Ese apoyo incondicional está sangrando la economía de EUA, ha creado una crisis mundial y ha convertido a la diplomacia en rehén de intereses estratégicos, alimentando la desconfianza y multiplicando los conflictos regionales.
Así, entre el puente diplomático de Obama y el martillo sancionador de Trump, Irán mantuvo la misma advertencia: cerrar el Estrecho de Ormuz como recordatorio de su poder estratégico. Las farsas informativas que precedieron a Irak y Libia revelan que, más allá de los estilos presidenciales, la política estadounidense frente a Irán ha estado marcada por espejismos que terminan incendiando la región. El péndulo oscila, pero el resultado es el mismo: una desconfianza creciente y un horizonte cada vez más inestable.


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