Lo que vi me estremeció. Como ciudadana, confieso que al ver en redes sociales y espacios públicos el llamado fenómeno therian, sentí una mezcla de sorpresa e inquietud. Al principio pensé que se trataba de una actividad recreativa o algo vinculado a celebraciones culturales. Pero al escuchar entrevistas entendí que no era un simple disfraz. Se trataba de personas que afirman identificarse espiritual o emocionalmente con un animal. Esa afirmación me obligó a detenerme y observar con más atención. No desde la burla, sino desde una preocupación genuina por lo que estamos viviendo como sociedad.
Ver a seres humanos actuar y expresarse como animales, convencidos de que esa es su identidad, me llevó a hacerme preguntas profundas. ¿Qué está ocurriendo con nuestra manera de entender quiénes somos? ¿Estamos confundiendo sensibilidad con identidad? La identidad humana siempre ha estado ligada a la razón y la conciencia. No es un tema superficial ni pasajero. Por eso creo que merece una reflexión seria y responsable.
Amo los animales y creo firmemente en proteger la naturaleza. Defender otras especies habla bien de nuestra humanidad. Pero es distinto respetar y cuidar a los animales que querer ser uno de ellos en comportamiento real. Esa línea, aunque algunos no quieran verla, existe. Nuestra condición humana implica responsabilidades que no podemos ignorar. Reconocerlo no es intolerancia, es claridad.
Me preocupó también el impacto social de estas expresiones, especialmente en los más jóvenes. Vivimos en una época donde todo se viraliza rápidamente. Lo que hoy parece una tendencia aislada mañana puede convertirse en referencia cultural. La libertad es un derecho fundamental, pero siempre debe caminar junto a la responsabilidad. Las acciones públicas influyen, moldean y envían mensajes. Y los mensajes construyen realidades.
Lo que presencié no despertó burla, sino una profunda preocupación y reflexión. Me reafirmó que la dignidad humana y la responsabilidad social no son conceptos negociables. La identidad humana tiene fundamentos que no deben diluirse en medio de tendencias o confusiones culturales. Una sociedad sana no evade los debates complejos, los enfrenta con claridad y sentido de responsabilidad. Expresar inquietudes no es intolerancia, es ejercer un deber ciudadano. Porque cuando se trata del rumbo social, guardar silencio no siempre es prudente.
Y ante todo esto, me queda una pregunta que no puedo callar: si vamos a identificarnos con algo, ¿por qué no hacerlo con aquello que da vida y construye futuro? Hay innumerables causas que necesitan compromiso real: sembrar árboles, proteger el planeta, acompañar a los más vulnerables, servir a la comunidad, impulsar obras sociales que transformen entornos. ¿Por qué no identificarnos como sembradores de esperanza, como constructores de bienestar, como defensores activos del bien común? Ser dadores de vida también puede convertirse en una identidad poderosa y necesaria. Tal vez esa sea la identidad que más urge fortalecer en estos tiempos.
Porque lo que verdaderamente nos eleva no es imitar otras especies, sino honrar con responsabilidad la grandeza de ser humanos. Nuestra capacidad de amar, crear, proteger y servir es lo que nos distingue. Si vamos a marcar tendencia, que sea hacia el bien. Si vamos a influir, que sea para construir. La sociedad no necesita más confusión; necesita más conciencia. Y esa decisión empieza en cada uno de nosotros.
Cuidar nuestra humanidad es la mayor responsabilidad que compartimos y fortalecer nuestra identidad humana es un compromiso que nos corresponde a todos.


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