Por E. MARGARITA EVE
En gran parte de Centroamérica y el Caribe, caminar con un teléfono celular en la mano, una cadena visible o una cartera puede generar una sensación de vulnerabilidad. Sin embargo, en muchas ciudades del mundo esas mismas acciones forman parte de la rutina diaria.
La diferencia invita a una reflexión que va más allá de la pobreza o del consumo de drogas. ¿Qué hace que el asalto callejero sea una amenaza cotidiana en unas sociedades y una excepción en otras?
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. América Latina y el Caribe concentran cerca del 8 % de la población mundial, pero una proporción muy elevada de los homicidios del planeta, con tasas que superan ampliamente a regiones como Europa y Asia. En contraste, países como Islandia, Japón, Suiza y Singapur mantienen niveles de violencia mucho menores. La diferencia merece ser analizada.
Durante años se ha repetido que la inseguridad es consecuencia de la pobreza, el desempleo o las drogas. Sin embargo, esos problemas también existen en sociedades donde el ciudadano puede desarrollar su vida cotidiana con menor temor al asalto. Esto obliga a mirar más allá y analizar otros factores que influyen en el comportamiento criminal.
Una posible explicación se encuentra en la percepción de impunidad. Quien decide delinquir también evalúa riesgos. Cuando las probabilidades de ser identificado, detenido, juzgado y sancionado son bajas, el delito puede convertirse en una opción más atractiva.
Cuando las instituciones funcionan, el costo de delinquir aumenta.
En algunos barrios de nuestro país donde se habían registrado aumentos de asaltos, el reforzamiento del patrullaje, las labores de inteligencia y acciones dirigidas al control de armas ilegales contribuyeron a reducir estos hechos.
En la República Dominicana, iniciativas como las impulsadas por la Oficina Técnica de Ejecución de Desarme (OTEDE) forman parte de los esfuerzos de prevención. El reto es convertir las respuestas inmediatas en políticas sostenibles.
También existen nuevos desafíos para la identificación y la investigación del delito. En distintas zonas del país es cada vez más frecuente observar motociclistas con el rostro cubierto por pasamontañas o prendas similares. Sin atribuir intenciones a quienes los utilizan, esta práctica puede dificultar la identificación de una persona durante la investigación de un asalto u otro hecho delictivo.
La experiencia internacional muestra que la seguridad no se logra con una sola medida. Nueva York pasó de registrar 2,245 homicidios en 1990 a reducir significativamente esos niveles mediante inteligencia policial, recuperación de espacios públicos, coordinación institucional y una aplicación constante de la ley.
Los Países Bajos representan otro ejemplo. La reducción sostenida de la criminalidad permitió cerrar varias cárceles, algunas transformadas posteriormente en hoteles, viviendas o centros comunitarios. Más que una curiosidad, demuestra cómo las políticas públicas mantenidas durante años pueden cambiar la realidad de una sociedad.
Incluso ciudades con grandes desafíos, como St. Louis, Missouri, muestran la importancia de analizar los datos con profundidad. Aunque ha registrado altas tasas de homicidios, gran parte de la violencia se concentra en zonas específicas. Esto demuestra que la inseguridad no siempre se distribuye de la misma manera dentro de una ciudad.
Otro desafío es impedir que organizaciones criminales utilicen a menores de edad para cometer delitos. La protección de la niñez debe ir acompañada de prevención, educación y mecanismos que eviten que adolescentes sean captados por estructuras delictivas que aprovechan sus vulnerabilidades.
La inseguridad no es un destino inevitable. La experiencia de los países más seguros demuestra que las instituciones sólidas, la continuidad de las políticas públicas y la aplicación efectiva de la ley pueden transformar realidades. Recuperar las calles significa recuperar la confianza ciudadana.
Las sociedades más seguras no son aquellas donde nunca ocurre un delito, sino aquellas donde quien decide delinquir sabe que enfrentará consecuencias. El verdadero reto de Centroamérica y el Caribe no es solo reducir los delitos, sino fortalecer las instituciones para que la ley llegue antes que la impunidad.


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Buen artículo.
Con el mayor respeto,El gran error es que generalmente se persigue y sospecha,cuando se habla o escribe sobre delincuencia,a los conductores de motocicletas que visten un judie/ franela con capucha,mientras poco se sospecha,ni se persigue a los grandes delincuentes ,que usan gemelos y corbatas.
Buen artículo! pero en realidad en nuestro país no le interesa porque el presupuesto no alcanza ni la voluntad tampoco. Solo investigan robos, asaltos ect. Cuando hay una persona influyente y ellos nunca le toca porque andan con escoltas (policías que son pagados por nosotros) pero solo estan en las cosas de los funcionarios y militares ect. y en la calles los antisociales operando a sus anchas. Ya estamos cansado de los mismo.
En todos los países que se ha superado este flagelo ha sido con leyes severas y modernizando la policía.