Por FELIX REYES
La metáfora de “el elefante en la habitación” es utilizada en política para designar aquellos elementos o situaciones que todos los actores políticos pueden ver y conocer, pero que prefieren nunca mencionar, o, en caso de que sea inevitable, decir lo que entienden que es agradable a la opinión publica y no lo que realmente piensan y/o regularmente practican.
En los primeros meses del año 2024 la sociedad dominicana se encontrará inmersa en plena campaña para elegir a sus gobernantes y representantes. Es el tiempo en que saldrán candidatos y candidatas a los diferentes espacios públicos, con el propósito de energizar a sus seguidores y tratar de convencer a la parte de la población, todavía no alineada políticamente, de que son merecedores del voto.
Por ello, es recomendable que esa parte de la población, que los diferentes candidatos tratan de convencer, tengamos presente lo que probablemente sea el principal “elefantes en la habitación” de la política dominicana, de manera que, como ocurre cada cuatro años, después no aleguemos que estamos siendo engañados.
Se trata de la presencia inevitable del clientelismo en la política dominicana.
Que los candidatos se vean en la necesidad de recurrir a diferentes formas de clientelismo, por las cuales los electores ya comprometidos tienen la expectativa de obtener un beneficio concreto como recompensa por el apoyo brindado, es una realidad incuestionable de la política dominicana, pero pocas veces admitida y mucho menos justificada.
Regularmente, la concepción del elector como cliente tiende a ser demonizada en la literatura política, pues se le asocia con ideas como mercantilismo electoral, compra y venta de voluntades, corrupción, prebendas, tráfico de influencia, etc.
Sin embargo, aunque es válido el reconocimiento de las implicaciones perniciosas, por las que ha sido satanizado, expresadas en el anterior párrafo, un enfoque más integral y realista para abordar el clientelismo político consiste en reconocer además, que, así como en el intercambio comercial, el cliente espera recibir bienes o servicios para satisfacer sus necesidades a cambio de su dinero, también es natural y legítimo que quien emplea tiempo y recursos para el triunfo de un candidato espere obtener algún beneficio concreto.
Por ello, aunque no lo digan explícitamente, es un recurso indispensable para obtener lealtades que los candidatos despierten estas expectativas en sus seguidores.
Y esta no es una perversidad del sistema de partidos dominicano, ya que es una práctica universal que tiene explicación en factores ya estudiados de la psicología humana, tales como la motivación y las necesidades.
No nos engañemos, en la sociedad dominicana, el político que tiene aspiraciones y posibilidades reales de ser exitoso no puede evitar que recurra a despertar expectativas de obtención de empleo público a sus seguidores provenientes de la población llana, sobre todo jóvenes desempleados y sub-empleados.
Tampoco es posible, en el caso de las elecciones presidenciales, que los candidatos puedan ser exitosos si no atraen integrantes de las clases alta y media alta, así como de las élites culturales, con promesas de altos puestos administrativos, sinecuras en delegaciones diplomáticas y organismos internacionales, asesorías, etc. Casi siempre, estos individuos disfrazan su interés con motivaciones desinteresadas y altruistas. Algunas veces son sinceros.
De igual modo, no es posible la movilización entusiasta de los seguidores provenientes de los estratos sociales más bajos si no se cuenta con la “logística” de los 500 pesos, el pica-pollo y se despierta o garantiza la expectativa en estos de tener acceso a empleos y planes de asistencia social.
Regularmente las expectativas son creadas a través de círculos concéntricos que incluyen a los dirigentes políticos más cercanos a los candidatos, los cuales a su vez crean otros círculos y así hasta llegar a las esferas básicas.
De esa manera, el candidato no se ve en la necesidad de comprometerse dando declaraciones públicas que sean inconvenientes frente a un importante segmento del electorado que no tiene la urgencia de obtener beneficios personales, ya que, al tener sus necesidades primordiales satisfechas, les es más fácil tener motivaciones altruistas.
No se trata de incentivar ni justificar las prácticas clientelistas, pues es innegable que, en gran medida, ellas tienen implicaciones negativas para la sociedad dominicana, que dificultan la instauración de mejores instituciones.
Sin embargo, aunque digamos que no nos gusta, es esta la realidad de la política dominicana, es este el “elefante en la habitación” que todo el mundo conoce, pero prefiere ocultar o criticar hipócritamente, como han hecho reconocidos intelectuales y comunicadores vinculados a determinados sectores políticos, cuando, en realidad, ellos mismos no han escapado a, legítimamente, beneficiarse de ella.
jpm-am


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