Es una verdad muy cierta que el mundo navega por un mar de incertidumbres y desaciertos, y que las políticas económicas y sociales tomadas en gran parte por los países del primer mundo han empobrecido a sus poblaciones, que han visto descender sus niveles de vida de manera estrepitosa. El mundo se debate en medio de una incertidumbre y sin capacidad de alternativa, que su corolario ha sido la orfandad de esperanza de los sectores más vulnerables.
En la película La Gran Apuesta (The Big Short), la cual está dirigida por Adam Mc Kay, basada en el libro del periodista Michael Lewis y que versa sobre la gran crisis sistémica del año 2008, se describe de manera sarcástica la convulsión que recibió todo el capitalismo a escala mundial, daño que fue ocasionado por la voracidad de las grandes corporaciones bursátiles.
El proyecto económico concebido por el economista Milton Friedman, e impuesto en todo el globo terráqueo por los regímenes de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, desestabilizó a todo el planeta. Las recetas del economista produjeron un daño de tal magnitud que el capitalismo que es un sistema histórico, fue convertido en ahistórico, con la fórmula friedmaniana propia de la época de Adam Smith, la cual demostró ser imposible de aplicar en pleno siglo XX, en donde la tendencia debió ser a humanizar las relaciones económicas y sociales existentes, antes que entronizar el “sálvese quien pueda”, que es la tónica que domina el actual estado de cosas a nivel mundial.
Friedman planteó entre sus muchas tesis la posibilidad de que la clase obrera pudiera movilizarse a otras geografías a vender su fuerza de trabajo, lo que fue aprovechado por los empleadores para envilecer y aminorar el salario, generando la imposibilidad de ascenso social por esta vía en los países del primer mundo, llevando a la bancarrota total a los asalariados, y estableciendo una desleal competencia entre los asalariados y la presión de millones de inmigrantes que abaratan la mano de obra en esas localidades.
Las grandes centrales obreras han prácticamente desaparecido de la faz de la tierra, mientras el sector servicio incrementó su espacio. A esa realidad se impuso la tecnología, que lanzó a grandes contingentes humanos al desempleo, mientras el éxodo de países pobres a las grandes economías de las naciones del primer mundo es incentivado por los estados del tercer mundo, que se quitan presión económica y social, al instante en que alguien decide irse a otras tierras a probar suerte.
Enmarcado en esa realidad, y en un momento en que la humanidad parece no tener alternativa, y por demás el capitalismo subido en la cresta de su peor crisis a escala mundial, la gente está acudiendo a las ofertas políticas más radicales e inverosímiles dirigidas a conquistar a un electorado, que en su mayoría es juventud, y que experimenta cansancio debido a tantos sueños rotos. Indiscutiblemente que la movilización que logran los discursos extremistas que encandilan a los votantes, se debe en gran parte a las relaciones predominantemente salvajes, individualistas e inhumanas.
La calamitosa situación por la que se desenvuelve el mundo ha disparado el liderazgo ultraderechista y populista. Europa es un claro ejemplo de lo anterior. El liderazgo en el viejo continente lo encabezan estos sectores que logran las simpatías con estridentes propuestas. Ahí entran Christoph Blocher con su UDC en Suiza, (que amenazó sacar a la ONU de Ginebra); en Francia Marine Le Pen con su Frente Nacional heredado de su padre (que hasta Puttin le ha financiado con préstamos); en Italia el humorista Beppe Grillo, y Jimmie Akesson en Suecia con su SV.
En ese contexto es que llega el fenómeno Donald Trump, quien a pesar de ser uno de los últimos aspirantes a la nominación presidencial por el Partido Republicano (Grand Old Party o GOP), las encuestas le asignan elevados niveles de simpatías en la población votante de los Estados Unidos, al extremo de que para detenerlo, tendrían que juntarse todos los aspirantes, o de lo contrario podría ser el próximo candidato a la presidencia por los republicanos.
El discurso trumpista se enmarca en la misma tónica dominante de los demás ultraderechistas europeos, de donde parece ser calcado sus planteamientos. Trump sabe que gran parte de la ciudadanía norteamericana está decepcionada del sistema político de su país, y en base a esa realidad el magnate estadounidense elabora consignas que calan en la gente común, y por eso dice con gran beneplácito : “ Tristemente, el sueño americano está muerto. Pero si fuera elegido presidente, lo traería de regreso más grande, mejor y más fuerte que nunca y haríamos a Estados Unidos grandioso de nuevo».
Si la correlación de fuerza con miras a la elección de los candidatos tanto republicano como demócrata continúa marchando como hasta ahora, no nos asombremos de una disputa entre Hillary Clinton y Donald Trump el martes 8 de noviembre por la Casa Blanca. El gran empresario de los bienes raíces ya supera en popularidad a Jeb Bush, quien hasta hace unos meses atrás era uno de los presidenciales favoritos dentro los republicanos.
Jpm


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