El pasado jueves, aprovechando la Semana Santa, el periodo más trascendental para el mundo cristiano, me sentí motivado a colocar un controvertido mensaje en mis cuentas de Twitter y Facebook, el cual cayó como una bomba, particularmente en esta última red social.
El mensaje decía: «Me llaman la atención aquellos que dicen no creer en Dios, pero se despiden de uno diciendo, hasta mañana, si Dios quiere…».
Decenas de asiduos a las redes sociales desataron una encendida polémica en la cual participaron notorios creyentes, otros menos religiosos y unos cuantos necios que lo hicieron con el evidente motivo de fastidiar. De todos modos lo que postearon todos fue un gran insumo para elaborar la idea de que el tema de la creencia religiosa deja tantas vías de escape que es difícil de manejar.
Algunos reivindicaron su condición de no creyentes y por tanto no seguidores de religiones, la cual es una opción que siguen millones de personas alrededor del mundo.
Sin embargo, en la discusión sobresalió la preferencia abrumadora de los creyentes en alguna religión, en especial el cristianismo a través de sus diferentes denominaciones (católicos o protestantes en sus variadas derivaciones).
El punto fundamental de dicha discusión fue la creencia en Dios, si existe o no un ser superior que guía los pasos de la humana o controla sus acciones.
Y es aquí donde toda polémica se estrella contra una muralla hasta ahora infranqueable, pues cientos de años de lucubraciones teóricas han ocupado las mentes más brillantes de la humanidad, algunas de las cuales no dejaron en claro su visión sobre la existencia de Dios.
Una mente tan privilegiada como Albert Einstein, entre muchos otros brillantes cerebros, abordaron el tema sin ninguna conclusión absoluta. A lo sumo llegan a admitir que es algo inexplicable.
¿Por qué no pensar que Dios y la ciencia pueden coexistir, pero que cada uno ocupa compartimentos completamente aislados?, ha preguntado el investigador Jay Gould, viéndolo desde una óptica eminentemente materialista.
Pero el doctor Francis Collins, director del Instituto Nacional de Investigación sobre el Genoma Humano, en su libro «El lenguaje de Dios», ha sostenido que Dios habla a través del genoma humano, el intrincado código genético de cada individuo.
Los máximos exponentes del materialismo, aun aferrados a su visión de que todo lo que existe es obra de la evolución natural de las cosas, al final giran alrededor del misterio de la existencia de ese ente superior abstracto.
Puede una cuestión tan profunda dilucidarse a través de redes sociales? Es obvio que es imposible. Solo puede asumirse como un tema propio para la ociosidad de los días de Semana Santa.
jpm

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