Disfraces y lentejuelas

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Con disfraces de ángeles de la comunicación social y de la sociedad civil,  veteranos representantes de franquicias políticas y grupos corporativos buscan afanosamente la alquimia  que  permita incendiar la pradera social con el propósito de desalojar del Gobierno a quienes parece desean  salir por propia voluntad.

Esa gente considera que el momento es propicio para provocar mediante movilizaciones  con  injerencia extranjera, las condiciones objetivas para un brusco cambio en la correlación de fuerza en el plano político que conlleve a un cambio en la dirección del Estado con o sin elecciones.

La verdad es que no parece mal momento para  sembrar acíbar en  terreno asolado por una prolongada sequía de sensatez política, pero olvidan que la mayoría ciudadana no desea cultivar, ingerir ni distribuir esa  resina tan amarga.

Cuando Republica Dominicana fue objeto de los peores escarnios a nivel internacional porque el Estado Nacional reivindicó el derecho  a ejercer control migratorio, eso arcángeles cerraron fila con el litoral foráneo y reprodujeron aquí las infames acusaciones de apátridas y homofogos endilgadas a los dominicanos.

Esos sectores coinciden con gobiernos, agencias y grupos conservadores extranjeros que  auspician, promueven o impulsan acciones políticas y económicas contra el país, bajo la falsa premisa de que  aquí se puede reproducir desde el Gobierno y el partido oficial esquemas similares a los de Venezuela y Cuba.

Las más vistosas lentejuelas que presentan esos disfraces se refieren a la lucha contra la corrupción, pero muchos de quienes se  los entallan no procuran ocultar sus enaguas, porque suelen ocultar a  corruptos y corruptores preferidos, o en el menor de los casos a arropar con silencio cómplice inconducta de sus mandantes o aliados.

El derecho a la protesta  está  sobradamente consagrado en la Constitución de la Republica, como también los principio de soberanía, democracia y equidad, prerrogativas irrenunciables, pero que nunca deben desvirtuarse con fines políticos o con propósitos malsanos.

Difícil será incendiar la pradera en una nación donde  no hay presos ni exiliados políticos,  cuya economía crece con baja inflación y generación de empleos, aunque se admite que falta mucho trecho para hablar de progreso pleno y de erradicación de la corrupción. Este país no es comparable con  Venezuela ni con Cuba.

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