POR ELVIN SANCHEZ
Es triste y preocupante observar cómo vuelven a aflorar, con una presencia casi letal, las viejas prácticas y mañas de la política dominicana. Parecería que, lejos de avanzar hacia una democracia más madura, institucional y responsable, asistimos a una preocupante involución, no solo en el ámbito de las organizaciones partidarias, sino también en el pensamiento y la cultura política nacional.
Uno no puede dejar de preguntarse qué ocurrió con aquella política que, aun con sus contradicciones y limitaciones, estaba sustentada en ideas, principios, formación y una determinada concepción del Estado y de la sociedad. Da la impresión de que Balaguer, Bosch y Peña Gómez se llevaron a la cripta buena parte de aquellas escuelas de pensamiento que alguna vez dieron contenido, identidad y sentido a sus respectivos liderazgos.
Hoy, el analfabetismo político, la improvisación y la carencia de referentes éticos se han convertido en una pesada ancla que amenaza con arrastrarnos, lenta pero persistentemente, hacia el despeñadero institucional. Cuando la política deja de ser un instrumento para transformar la sociedad y se convierte exclusivamente en un mecanismo para alcanzar o conservar poder, el ciudadano termina pagando el precio.
La desafección ciudadana es cada vez más evidente y camina de la mano con el desapego emocional de los propios militantes hacia sus organizaciones políticas. El escepticismo, la pérdida del favor social, la desconfianza y ese preocupante distanciamiento afectivo entre la gente y sus dirigentes políticos están construyendo un escenario que debería encender todas las alarmas.

No estamos hablando simplemente de una crisis de popularidad de los partidos o de determinados dirigentes. Estamos frente a algo mucho más profundo: una crisis de representación, de credibilidad y, en cierta medida, de sentido. Cuando el ciudadano deja de sentirse representado, cuando deja de creer que su voto puede producir cambios reales y cuando la palabra del político pierde valor, la democracia comienza a vaciarse por dentro.
Necesidad urgente
La República Dominicana necesita urgentemente desanclar esas viejas prácticas y mañas que todavía sobreviven en nuestra cultura política. Necesita recuperar el debate de las ideas, la formación de sus dirigentes, la ética pública, el respeto por las instituciones y, sobre todo, la capacidad de escuchar al ciudadano.
Quizás haya llegado el momento de pedirle a nuestra clase política que haga una peregrinación al estanque de Siloé. No porque necesite un milagro, sino porque necesita aprender nuevamente a ver, mirar y escuchar. Ver la realidad de un pueblo que lucha cada día; mirar de frente sus angustias, sus esperanzas y sus frustraciones; y escuchar el silencio, cada vez más elocuente, de una ciudadanía que comienza a cansarse de las mismas promesas, de los mismos métodos y de las mismas mañas.
Porque un pueblo puede perdonar errores, pero difícilmente perdona que quienes tienen la responsabilidad de conducirlo se nieguen a ver lo que ocurre delante de sus propios ojos.
La política dominicana necesita volver a tener alma, pensamiento y propósito. Y, sobre todo, necesita recordar que el poder no es un patrimonio de los políticos: es un mandato temporal que pertenece al pueblo.
jpm-am

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Es similitud en la aprobación de las leyes, el vocero del Congreso dice que se logró consensuar una normativa posible, donde generalmente no están representadas las mayorías, sino las acomodada a los sectores de poder. Es una de las razones del irrespeto a las leyes. Rousseau en «EL CONTRATO SOCIAL» dice que el compromiso del respeto de las leyes es determinado porque representen a las mayorías, lo que no acontece en R.D.