En octubre del año 2000 formé parte del equipo de encargados de recursos humanos que fue enviado a Ciudad México (por el grupo empresarial, GrupoM, para el cual entonces laborábamos), a participar en el XXII Congreso Nacional de Capacitación y EXPOCAP.Nueve días permanecimos en esta superpoblada nación norteamericana, tiempo más que suficiente para formarnos una idea general acerca del auge de la delincuencia y de los altos niveles de inseguridad que allí reinaban.
Las constantes advertencias y orientaciones que en el hotel se nos proporcionaba acerca de las medidas de seguridad que debíamos adoptar en nuestros desplazamientos por el área metropolitana nos tenían casi al borde del nerviosismo:
- «Nunca utilicen los taxis (Volkswagen) color tal.»
- «Nunca aborden taxis en la calle»
- «Cuidado con utilizar “coches” con placas privadas y muchos menos en lugares oscuros»
- «Es preferible que no vayan a Zona Rosa. Es un “punto rojo” o un lugar muy peligroso»
- «Cuando vayan a la Plaza Garibaldi y a otros centros turìsticos, cuidado con salir a explorar por el entorno, pues en medio del bullicio los delincuentes pueden ponerles un cuchillo en la garganta y asaltarlos… Manténganse siempre dentro del área.
Aparte de advertencias como las anteriores, la prensa mexicana diariamente reseñaba casos de asaltos, secuestros, extorsiones, robos de vehículos y otros actos propios del crimen organizado. Entonces yo preguntaba y me preguntaba, ¿cómo vive esta gente en medio de este panorama?
Y al establecer comparación con mi país, yo me decía, con patriótico orgullo: ¡Qué tranquilos vivimos en la República Dominicana!
En ese momento, lejos tenía yo que diecisiete años después, nuestro país, en lo que a violencia, inseguridad y delincuencia se refiere, sería una copia fiel de México.
Lejos tenía yo en el año 2000 que la República Dominicana se convertiría en algo así como el México en las Antillas : los mismos robos, los mismos atracos, la misma violencia, las mismas extorsiones, los mismos sobornos, los mismos crímenes, los mismos secuestros y, por tanto, la misma tensión, la misma ansiedad, el mismo nerviosismo, la misma inseguridad.
JPM


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