Dar es una de las formas más nobles y auténticas de entregarse. Extender la mano a solicitud de un requerimiento y sin que lo haya, solo guiados por la necesidad palpada en el otro, en el prójimo, el prójimo, ese que está al lado de forma física o figurada.
Siempre es posible compartir y por esto, gente con carencias estrangulantes, saca de sus miserias para colaborar, para aportar, sin que nadie le pida hacerlo, orientada por un alma dispuesta. Donar no solo implica entrega de dinero, claro está. Favores hay invaluables.
Queda el regocijo de espíritu porque la colaboración varió una situación, por ínfimo que sea ese cambio, sobre todo, cuando es hecha en silencio, sin alardes, sin promocionar, sin aparataje en los medios de comunicación.
Es hermoso repartir cuando el gesto es sincero, de verdad, y apegado al precepto bíblico de que lo que haga la mano derecha no lo sepa la izquierda. Esto sin importar la religión profesada, apegada o no a las abrahámicas e incluso, si el dador es ateo.
Mas, igual dar no es obligado, sin importar el tamaño del patrimonio. Contrario a lo que pueda pretenderse, que una persona tenga riquezas no la constriñe a compartirlas y nadie puede pretender que así sea ni juzgar a quien no está presto a donar del fruto de su esfuerzo.
Lo mismo diligenciar ayudas de ninguna índole. Hacer el bien es lo idóneo, lo que debería ocurrir siempre, en todo momento y circunstancia, pero tampoco es un compromiso forzado. Criticar al que no da, es actuar como si existiese una legislación no asentada pero implícita.
Entonces el noble gesto estaría convertido en imposición, en un sinsentido solo para evitar reproches de personas que hasta osan criticar el monto o el tamaño de la asistencia dispensada y que creen que quien les favoreció una vez debe hacerlo cada vez que lo requiera.
Sí, porque también están los aprovechadores, los que entienden que quien tiene mucho debe dar y dar mucho, que quien dio, debe seguir, sin importar la condición económica y el que canalizó una ayuda, debe ser perenne, sin sopesar la incomodidad del socorro requerido.
Porque hay gente que quiere que le echen la comida en la boca y le muevan la quijá.
jpm-am


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